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Peregrinar bajo la lluvia

Primeros achaques


Me cuesta, las jornadas me resultan mucho más duras que en otros Caminos. Elemental, querido Watson: si he venido ya agotada físicamente y sin entrenar, es normal que me canse y me salgan ampollas. 

Llevo un par de días aguantando con mucho esfuerzo el ritmo de Álex y Tereza. Ellos empiezan tarde y prolongan mucho la jornada con largas pausas, sus etapas son de 30 km o más. Yo, en cambio, prefiero madrugar mucho y salir casi al alba, apretar el paso y hacer pequeñas pardas de 5 minutos cada hora, con el objetivo de recorrer 20 o 25 km antes de la hora de comer, momento en que me detengo.


Este tipo de jornada en la que las tardes no son para descansar hacen que me levante cansada y sin haberme recompuesto del día anterior. Entre el cansancio acumulado de mi vida en Barcelona y el Camino, me están saliendo las primeras llagas. Nunca antes las había tenido, solo había sufrido sobrecarga muscular, así que escucho lo que me dice mi cuerpo: tengo que frenar.

Cada día les digo a mis compañeros de viaje: "comienzo a caminar con vosotros pero me detendré antes". Sin embargo, por la tarde me siento animada y llena de fuerzas, así que prosigo un poco más. Sé que tendremos que separarnos, llevamos objetivos y ritmos muy distintos, pero por el momento disfruto mucho de su compañía. Vamos conociendo otra gente y surgen conversaciones de todo tipo.

Caminar con lluvia


Estos días el cielo estaba gris ceniza pero no llegaba a llover, y se agradecía la ausencia de un sol castigador. Sin embargo, hoy ha roto a llover de forma muy fastidiosa. Ojalá hubiera llovido fuerte un rato breve, pero se ha limitado a soltar una llovizna irritante todo el día. Caminar con este calabobos es desesperante: si te pones el chubasquero se crea un efecto invernadero sobre tu cuerpo que te cuece entero y te abraza de calor y el plástico sobre las orejas crea un desagradable ruido distorsionador que no permite ir hablando ni disfrutar de los sonidos de la naturaleza. Finalmente elijo mojarme la cabeza y cubrir solamente la mochila.

El suelo está embarrado y resbaladizo, por lo que hay que tener cuidado, especialmente teniendo los pies delicados y doloridos, ya que la pisada es menos firme. Los grupos grandes y la lluvia crean grandes tapones y a veces cuesta pasar bien por los lugares estrechos. Parecemos un romería de condones gigantes.

Sin duda, está siendo el camino más complicado, tanto por mi baja forma física como por la saturación de peregrinos, que limita la improvisación, pero los momentos mágicos no faltan. Al final, lo que importa es aprender y avanzar en cualquier circunstancia. 




La casa del Alquimista, un alto en el Camino

Cambio de rumbo


Había terminado mi primera etapa hasta Triacastela, solo había recorrido 20 km pero no era necesario forzar la máquina el primer día. Tenía ya un albergue privado y me había duchado, deshecho la mochila y descansado. Parecía que solo tenía que dejar pasar la tarde, tomar unas cañas con los compañeros de camino y descansar para el día siguiente. Pues no.

Mi amigo Álex, casualmente, estaba haciendo el camino también y creíamos que en algún momento coincidiríamos, ya que él había comenzado en un punto más lejano. Finalmente llegó a Triacastela el mismo día que yo a las 16h y nos tomamos algo, entonces me dijo que su intención era continuar unos pocos km más. Pensé "what the fuck, si llevas ya un montón recorrido solo hoy" y me dijo que le habían hablado de un lugar muy especial que se llamaba Casa del Alquimista a "solo" 8 km de ahí. Lo miro con cara de perdonarle la vida y le digo "llevo AÑOS queriendo ir a esa casa y no he ido por esperarte". Abro mi guía y le muestro la marca del mapa donde pone a mano "Antonio el Alquimista". Me mira, de ríe y me dice: "¡Entonces vamos!".

Claro, lo sensato habría sido decir que no, pues ya estaba cansada y cambiada... ¿Pero quién piensa en lo sensato? Nos pusimos los tres en marcha, y es que había conocido a una chica Checa con la que tuve muy buen presentimiento, Tereza.

Casa de Antonio el Alquimista


Llegamos relativamente tarde, casi las siete de la tarde y se nos recibió con los brazos abiertos. Antonio es un espíritu libre que ofrece su casa particular a cualquier peregrino o persona que desee visitarlo. Acepta la voluntad para cubrir los gastos pero no es un albergue ni nada parecido. En su casa solo hay una regla: el respeto. Dejando eso, toda regla social es cuestionable y disfruta habiendo construido un espacio ajeno a muchas de las convenciones sociales. Además, se dedica a crear cuadros maravillosos hechos de arena de mineral molido, tiene un jardín y una huerta maravillosos y su cocina es de las antiguas, con cocina de leña.


Estuvimos un rato relajados en el jardín y luego preparamos una crema de verduras extraídas de su huerta, ayudamos a preparar la cena y hacer las camas. Delicioso, cenamos junto a otra gente que también estaba de paso y la charla fue poco convencional y amena. Jugamos a un juego que determinó quién fregaba los platos.

Al día siguiente, Antonio me tiro las cartas y me dijo que debía estar atenta a todos los cambios que me sobrevienen para poder aprender la lección que me tienen preparada, relajar la mente y abrir las emociones, y que grandes cambios estaban por venir. No creo mucho en las cartas pero no me parece mal consejo, así que lo tendré presente.

Antonio tiene un espacio maravilloso dedicado a la meditación y Tereza y yo practicamos yoga antes de salir.

La magia de Galicia


Mi jornada se alarga, no tengo tanta energía como el dia anterior, pero me siento tan a gusto con Álex y con Tereza que fuerzo un poquito la máquina. Estas etapas son a través de aldeas y bosques mágicos, con praderas increíbles contrastando con el hedor de estiércol. Cruzamos bosques de eucalipto y nos contamos cuentos de hadas que imaginamos que suceden en esos parajes. Hay tiempo para pensar, para hablar, para reír... Ojalá el tiempo se detuviera en estas jornadas.

Los campos son muy verdes y el cielo gris, siempre sentimos la amenaza de la lluvia pero por el momento se queda en un cielo cascarrabias que no termina de cumplir sus promesas. Las cuestas y bajadas son frecuentes, cosas que desgasta las rodillas, pero mantiene al viajero siempre atento: ahora un bosque, luego una pradera, un riachuelo, luego una aldea, siempre ruidos de animales como perros, gallos, pájaros, vacas... Tan rural que parece de otro tiempo. Galicia es atemporal, ese es su encanto y su condena.

Seguimos teniendo problemas para encontrar albergue, tenemos que llamar y reservar porque todo está completo. Los grupos numerosos son cada vez más comunes y en ocasiones generan tráfico. Son lo más prosaico que tiene la ruta, pero hay que lidiar con ello.

Salida desde O Cebreiro

Preparativos


Comienzo mi tercera edición del camino, lo retomo en O Cebreiro, no sin algunas reservas. Tengo miedo de que esté demasiado masficado y cueste encontrar albergues, y que, por tanto, los grupos grandes asfixien la magia que tienen otras etapas. Pese a todo, tengo muchas ganas de echarme a andar y volver sentir el Camino: el reto físico, conocer a gente distinta, conversaciones inesperadas, imporovisación, vivir austeramente y tener tiempo para pensar.

Mi última semana en Barcelona ha sido una locura. Eran mis últimos días en la empresa y debía dejar todo atado antes de terminar con esta etapa laboral, compaginarlo con ir temprano al nuevo trabajo para recibir la formación mínima, lo que prácticamente implica tener dos trabajos, y al terminar todavía había que preparar todo lo del viaje, cenas y despedidas; ha sido más de lo que mi cuerpo y mi mente están acostumbrados. Finalmente llegó el viernes y me despedí de todos, tomé el AVE a Madrid y cené con unas amigas. Al día siguiente, llegué a o Cebreiro con un blablacar. Todo muy frenético pero finalmente todo ha salido según lo planeado.

Me preocupa que me dejen tirada las botas, y es que he encontrado unos pequeños agujeritos en mis amadas botas de
montaña. ¿Cómo es posible si la última vez estaban perfectas?

Creo que hay una explicación, y es que mis queridos bebés han pasado demasiado tiempo jugando entre mis zapatos. Son adorables pero en el momento de descubrir su fechoría los habría matado. Demasiado tarde para comprar unas nuevas y adaptarme a ellas, todos sabemos que nunca hay que estrenar zapatos en una travesía importante. Me encomendaré a los dioses y esperaré que no se rompan del todo.

Llegada  O Cebreiro


Todos los albergues, públicos y privados, están completos, así que tengo que alquilar una habitación en una pensión. Se confirma el rumor de que no es fácil conseguir alojamiento, pero me lo tomo como una oportunidad de descansar antes de la primera jornada. Casi no he podido ni dormir y, por supuesto, ni siquiera entrenar, así que me vendrá bien reposar.

Mientras ceno, hablo con un señor francés que habla una mezcla extraña de todas las lenguas románicas pero que consigue hacerse entender. Es muy religioso y vive como un vagabundo a merced de la caridad ajena, pero es muy culto e inteligente. Ahora se encuentra haciendo el Camino pero de regreso, así que no coincide con nadie más de una sola noche. A pesar de mis prejuicios iniciales, estoy muy cómoda hablando con él y consigue entender muchas cosas de mi sin apenas conocerme, solo leyendo mi cuerpo y mis parcas palabras. Siempre viene bien recordar que los prejuicios nos limitan y que cualquiera puede aportarnos algo. Bendito camino.

La primera etapa 


Me pongo a caminar con mucha energía, se nota que es mi primera jornada y que ayer descansé bien. Soy consciente de que no podré mantener este ritmo todas las etapas pero me dejó llevar por la euforia. Extrañaba estas partidas al alba en las que el el paisaje va descubriéndose poco a poco.

Galicia me recibe con su niebla característica y agradezco que el calor no nos asfixie. No me cuesta encontrar compañeros de viaje, y prácticamente todo el tiempo estoy con Michael, un alemán que dejó la psiquiatría para escribir libros de autoayuda y viajar. Nos contamos nuestra historia y a ambos se nos saltan las lágrimas.

Llego a Triacastela donde el albergue tiene un larga fila de mochilas esperando, la mayoría de un grupo de estudiantes muy numeroso, así que tengo que ir a un albergue privado. Empiezo a ser consciente de que el alojamiento no es tema de broma en estas etapas.


Me he sentido muy a gusto, el paisaje es uno de los más bonitos del Camino y tengo unas ganas increíbles de seguir la aventura. Todo es verde y abundan las su idas y bajadas, pero por suerte apenas aprieta el sol.









León ciudad, mi punto final del Camino


Excusas, excusas, excusas...



Esta entrada llega tarde, muchos meses después de lo esperado. Cuando terminé mi Camino de Santiago me quedaron varias cosas en mente que nunca escribí, entre ellas una descripción de mis últimas etapas. Me decía que necesitaban una entrada adecuada y que debía encontrar el momento para hacerlo con calma, pero, ¿a quién quiero engañar? Si algo he tenido en estos meses ha sido tiempo, y si durante mis días de caminante arañaba los momentos y reunía la energía para escribir y editar después de horas de recorrido, extenuación física, teniendo opción de estar con gente interesante, visitando pueblitos o sencillamente descansando, quedándome hasta las tantas para seleccionar fotos y escribir las vivencias, disponiendo solo de un smartphone para manejar todo el blog y robando señales wifi en cuanto podía... De sobra sabemos que podría haber hecho dos o tres entradas más sobre los últimos días y algunos aspectos generales que quería comentar. La experiencia de Tosantos, reflexiones generales del Camino, algunos aspectos prácticos que aprendí… Ahí están en mi tintero, todavía pendientes de escribirse.

Ahora comprendo que una parte de mí estaba rebotada por haber abandonado el Camino, que habría querido seguir, y en parte por eso no me apetecía ponerme a escribir sobre ello. Habría preferido seguir viviendo la experiencia y, ya que no podía, mejor pensar en otras cosas. Me hizo sentir muy bien y muy conectada con la gente cuando me demostraban que no solo me habían seguido y disfrutado con el blog, sino que esperaban que continuase. Escribir y compartir ha sido una de las experiencias más gratificantes que he tenido últimamente y en parte lo extraño, así que he decidido retomar este blog, pero no cerrarlo únicamente al Camino de Santiago, sino también a otros viajes, pero también a reflexiones sobre el mundo del baile y pensamientos en general. Ya veremos a qué me lleva.



Último capítulo de ese viaje


Los últimos días fueron extraños, por varias razones: ya no estaba con la gente con la que había iniciado el viaje pero seguía conociendo nuevos peregrinos, reencontrando a gente que no veía desde hacía muchas etapas.

Además, durante muchos km las etapas se volvieron muy feas, ya no solamente áridas (sabéis que eso no es un problema) sino realmente FEAS: zonas industriales, solo carretera, pocas opciones de hacer paradas placenteras, un sol castigador donde los haya. No obstante tuve momentos como estos:






Conocía un grupito muy majo con los que volví a reírme, sentir esa complicidad mágica, vivencias intensas. Momentos de hastío, cansancio, bromas, paisajes, conocimiento, introspección, conversaciones surrealistas, anécdotas; en fin, todo aquello que el Camino puede proporcionarnos. Pero mi estado de ánimo ya no era el mismo. Quería seguir, y se regresaba era por otro viaje que no me quería perder, pero que estuve tentada de cancelar.




Recuerdo la llegada a León, fue un oasis dentro de un desierto. Tampoco faltó el rato de estrés ya conocido de cuando hay que buscar albergue peregrino en una ciudad principal, el mal trago con la gente del hostal, cambios de última hora, situación surrealista con una monja de mente abierta, reencuentros… Lo normal en un día de peregrinaje, vaya.


Pero volvamos al lugar del cual soy tocaya. Es una ciudad mediana tirando a pequeña, bella, muy coqueta y restaurada. Hay muchos rincones, monumentos y ecos del pasado, se siente la historia a cada esquina. La catedral es impresionante, quizá menos pomposa que la de Burgos pero su sobriedad y elegancia, la belleza de cada detalle la hacen incomparable. Las plazas, callejuelas, monumentos, toso es tan hermoso que incluso después de haber caminado todo el día te apetece seguir paseando, sumergirte en este conglomerado de pasado y presente, cultura, belleza y ocio. Pero eso no es todo, lo mejor es que se trata de una ciudad viva, más bien relajada si la comparas con lo que estoy acostumbrada, pero llena de movimiento, con muchas cosas que hacer. Se percibe que los leoneses están muy orgullosos de ciudad, o al menos eso me pareció, siempre con la amabilidad castellana de la que disfruté durante todo el viaje. Además, debo decir que es uno de los lugares donde mejor he tapeado: la comida es deliciosa y a buen precio, y por 80 escasos céntimos te ponen una caña o vasito de vino con una tapa generosa que en muchos casos hasta puedes elegir. Para un barcelonés esto es una locura. La primera vez que visité la capital leonesa tuve la misma sensación, que podría vivir en esa linda ciudad una temporada. Probablemente en invierno el frío invernal  me quitaría esa idead e la cabeza, pero en verano, con todo el mundo en la calle, rebosando movimiento, volcada en el Camino de Santiago, en su propia historia, León se convierte en un lugar encantador.







Me detuve ahí día y medio, ya que mi autobús a Barcelona no salía hasta el día siguiente a medianoche: mis últimas etapas las había recorrido a muy buen ritmo y me sobró tiempo para reposar. Evidentemente no descansé, sino que estuve recorriendo la ciudad y los alrededores. Tuve la gran suerte de conocer a gente de León y trataron como a una invitada a la que hay que agasajar y dar lo mejor de su tierra: me mostraron los lugares donde comían, por donde paseaban, y por la tarde incluso fuimos en coche y me llevaron a conocer los pueblos del norte de la provincia. Vi paisajes muy distintos a los que conocen los peregrinos: montañas altas y escarpadas, con valles, ríos y pueblecitos que te trasladan varios siglos atrás en el tiempo, la zona de le verdadera cecina, de las casas de piedra y las vacas sueltas. Esta zona, pegada a Galicia, es una maravilla, y anuncia ya las tierras del norte que tan distintas son de la llana Castilla.









Me quedan muchas cosas por contar, algunas porque ha pasado el tiempo y ya no las siento igual, pero algunas sencillamente prefiero guardármelas para mí. Pero me quedo mejor escribiendo esta última entrada. Me lo debía a mí misma y ahora puedo empezar a darle ese otro.


Las huellas no son solo en el Camino pisado, sino en el corazón del peregrino


El Camino ha hecho mella en mí, y me llevo mucho más que recuerdos, bellas fotos y el reto deportivo. Para empezar, tengo un nuevo tesoro: un puñado de amigos que se han vuelto muy especiales, espero que sigan ahí muchos años, ojalá siempre, y que recorramos muchas otras aventuras juntos. Pero me quedan muchas otras cosas, cambios que he sentido en mí: he aprendido a mirar de otra manera, a pasear de otro modo mientras observo a mi alrededor. Como si el peregrinaje hubiera despertado otro tipo de sensibilidad al entorno, tanto de los paisajes como de las personas. También la percepción del tiempo del presente, de llevar mi mente al momento vivido. Me he vuelto más observadora y capto más a mi alrededor, y sin duda de un modo distinto, las siento más como si hubiera callado parte de mi atareada mente y ahora pudiera escuchar y ver mejor. También me queda el espíritu de superación, y siempre, la oportunidad de conocer y convivir con gente distinta, la austeridad, la sencillez, la apreciación de los lujos cotidianos.

Me quedo con ganas de repetir, pero esta vez llegar a Finisterre. Además, también me ronda por la cabeza trabajar alguna vez de hospitalera y tener la opción de vivir el Camino desde el otro lado, al servicio del Peregrino. Pero eso será otro año, el mundo es muy grande y la vida breve, pero estoy segura de que volveré a Caminar en busca de flechas amarillas, aunque como el río de Heráclito, ni el Camino ni yo seremos ya los mismos.

Como dijo Matteo, no siempre se puede estar en el Camino, pero lo aprendido y sentido en el Camino sí puede estar siempre con nosotros.





Tres tristes días en un trigal...

Las últimas etapas han sido un tanto extrañas, con cierto sabor agridulce.

Por un lado, estaba eufórica por el hecho de haberme recuperado del parón y ver que podía caminar a buen ritmo y sin cambiar los planes. Iba a llegar a mi meta en el tiempo estimado y habiendo cumplido mis objetivos. Por otro lado, poner punto y final a mi aventura me llenaba de melancolía y cuanto más me acercaba a mi destino más encontrados eran los sentimientos.

Las últimas etapas presentaban un panorama objetivamente feo. Por más que reivindique el encanto del paisaje castellano y sus trigales, esos lugares son indefendibles.  Ojo, no estoy diciendo que la zona entre Palencia y León sea fea, pero el Camino transcurre mayormente por carretera y pasa por zonas verdaderamente aburridas. De vez en cuando hay algun tramo bello, topamos pueblecitos encantadores y, por supuesto, esos descomunales amaneceres, pero en su conjunto es bastante descorazonador. Monótono y árido, pasando por lugares feos e industriales, cruzando continuamente carreteras y andando en paralelo con los coches, el peregrino tiene que encomendarse a la buena compañía, a la satisfaccion de superar el reto personal y a la introspección para disfrutar de estas jornadas. 

Otro elemento desolador ha sido el frio tan terrible que havia por las mañanas. Algunas mañanas los termómetros marcaban 7 grados, pero con el viento había una sensación térmica incluso más baja. Llevaba toda mi ropa encima: pantalons corto debajo del largo, camiseta corta con la de manga larga térmica encima más la sudadera, y aun así iba tiritando,  con gran dolor en las manor y orejas. Era realmente duro, y alguna gente extranjera tuvo que comprarse ropa de abrugo para atravesar esta zona. Ellos creían que España es toda como Alicante, y se toparon con la dureza de la meseta.

Entre  el titulo de la entrada, el frío, los paisajes por carretera y que mi viaje llegaba a su fin, podéis pensar que quizá fueron días malos pero todo lo contrario. Disfruté como el primer día. Recuerdo que más de una persona del Camino me dijo medio sorprendida "Elena, tú nunca te quejas" y caí en la cuenta de que no suelo, y jo me dan bajones anímicos ni me canso ni me quejo del paisaje. El camino es mucho más que una excursión de dominguero y no todo es hermoso, pero no por eso pierde valor la experiencia en su conjunto.

Para que veáis que también hay belleza, y que estaba feliz, mirad la foto:




Aunque echaba mucho de menos el ambiente que tuve en la primera parte del viaje, ya había desarrollado complicidad con mucha otea gente y me sentía integrada en esa curiosa y gran familia de caminantes. Al salir de Saint Jean, la mayoría van como cohetes 6 siguiendo al dedillo las etapas establecidas en guías. Con el paso de los días, algunos mantienen este ritmo pero otros se van fatigado, los que parecen fuertes de repente sufren heridas o contratiempos de toda clase; otros que parecían condenados a abandonat sorprenden a todo el mundo (incluidos ellos mismos) con una fortaleza y constancia inusitadas. Debido a esto, cuando ya llevas muchos días de camino y crees haberte descolgado, tanto cuando avanzas como cuando te retrasas te vas reencontrado con gente a la que nunca sospechaste volver a ver, y estos reencuentros dan pie a una alegría y muestras de afecto que, visto desde fuera, cualquiera diría que se ha recuperado un amigo de la infancia. 

Además, los últimos días me enganche a un grupo muy divertido con el que compartí momentos surrealistas a irrepetibles.



Se ha producido algo curioso en estos últimos días. Hasta ahora todo lo que he recorrido era nuevo para mí, pero desde Carrión de los Condes, estoy atravesando lugares que ya vi el año pasado. En algunas ocasiones reconozco un rincón, un pueblo, una cafetería, como un extraño dejà vu, pero en otras ne sorprendo de lo distintos que recuerdo algunos lugares o la muy olvidados que los tengo. Pero más interesante me resulta ver sitios que recuerdo perfectamente pero que viví bajo otro prisma: distintas horas del día y por tanto diferente estado de ánimo no cansancio, tramos que recorrí al amanecer y apenas disfruté, errores que cometí o que debido a mi actual experiencia enfoco de modo totalmente opuesto...

El Camino te sorprende con lo nuevo, pero repetir etapas ha sido extrañamente mágico.  Es cierto, definitivamente, lo de no bañarse dos veces en un mismo río. Porque no el río ji el sujeto son ya el mismo.




Una de las cosas más entrañables de esta región es el cariño con que acogen al peregrino. En todo el Camino nos han tratado fenomenal, pero el esmero con el que cuidan en Castilla al caminante es abrumador. Podría contar mil anécdotas, pero esta imagen demuestra la generosidad con la que los reciben:


Cómo no voy a poner fotos del amanecer con estos cielos. Quizá me repita pero las primeras horas de la mañana eran un espectáculo de luz y color que me fascinaba una y otra vez. Los madrugones compensan con creces y las dos primeras horas avanzaba muy despacito, pese a ser el momento más descansado y que podría aprovechar para avanzar, pero era imposible resistirse a esto.


La los caminantes hablan de millones de cosas pero la propia rutina del peregrino: Como ancianos en la consulta del medico,  comparten detalles casi escatològicas del estado de sus llagas, las etapas que han resultado duras y algunos tópicos más, se dan consejos sobre las etapas venideras y se crea toda una serie de rumores, mitos y cotilleos.  Siempre hay anécdotas que se hacen famosas y personajes que se vuelven conocidos en el microcosmos del Camino, una mezcla entre aldea con leyendas e instituto con chismes. Muy curioso. 

Se hicieron famosos un grupito de místicos que caminaban de noche y descalzos para estar más en contacto con la tierra y la naturaleza, también por ir siempre caminando en estado de embriaguez y una botella de vino en la mano y por haber sido expulsados de más de un albergue por folloneros. Los conocí en persona y uno hasta me escribió un poema, o algo parecido, y aunque estaban chalados eran realmente entretenidos pata un rato.

También era famosa una pareja de recién casados coreanos que hacían el camino como luna de miel pero con la vestimenta tradicional de las bodas.  Además, no lo hacían solos sino con todo un equipo de imagen y sonido que iba haciendo un reportaje sobre su viaje. Ver para creer. La foto que tengo con ellos es en Burgos, y no llama tanto la atención, pero si te los encuentras así en mitad de un trigal es posible que alucines bastante. 


Era muy popular un curandero italiano que, al parecer, sanaba con imposición de manos. Era divertido y me lo pasaba bien conversando con él, lo cierto es que le daba masajes a todo el mundo que se lo pidiera y contaba sus peculiares puntos de vista sobre la energía. Mis padres pasaban por Burgos cuando yo estaba en un pueblo cercano y se acercaron a cenar conmigo una noche, y coincidió con el mencionado brujo, quien se ofreció a curar a mi madre aplicando energía en la distancia, como a un metro. Debió apuntar mal, ya que la chica sentada al lado de mi madre justo se cayo y se estrelló contra su pierna y le dio un buen golpe; se le hinchaba el pie y estuvimos un rato aplicando hielo y temiendo que se hubiera hecho algún esguince.  No fue nada, por suerte, pero la escena es de película de Almodóvar. 

Otro chico que cayó muy bien, y que los últimos días estaba en boca de todos, era uno que decidió recorrer el Camino en patinete por una apuesta con sus colegas. Muy gracioso, y la verdad es que me parece una gran idea. Le deseo mucha suerte y buen camino. 



Echaré mucho de menos el camino por muchas razones,  pero una de las más importantes es el conocer tanta gente y tan distinta. Como están en un contexto tan peculiar, la mayoría adopta una actitud abierta y tolerante, de respeto mutuo aunque luego no haya mayor afinidad. Ojalá se llevara este talante a otros ámbitos de la vida.