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Mujeres atléticas antes que delgadas, un nuevo canon igualmente duro.

          Acabo de leer una noticia (si es que semejante asunto puede ser tratado como noticia, aunque este no es foro para criticar el periodismo actual) que dice que “Los hombres ya no prefieren mujeres delgadas”. Más adelante se especifica que, según datos de un portal de citas, cada vez más hombres se interesan por mujeres atléticas y menos por el prototipo de mujer esquelética. Imagino que muchos perciben esta nueva tendencia como algo positivo. ¿Cuántas veces se ha oído que “las mujeres de verdad tienen curvas”? ¿No se alaba constantemente el canon imperante hace años según el cual una mujer debía estar más bien entrada en carnes y se buscaba la voluptuosidad? El deporte está en auge y parece que está imponiéndose poco a poco un nuevo canon de belleza, el de los cuerpos torneados y musculados. Pues no me parece tan positivo, francamente, no en el contexto en que vivimos y del modo en que nuestra sociedad gestiona estos temas.

          Resulta que no todas las mujeres tienen curvas: las hay altas, bajas, delgadas (a algunas incluso les cuesta engordar), rellenitas, con cintura más o menos pronunciada, pechos de todos los tamaños; tampoco todo el mundo puede mantenerse delgado, ni tiene facilidad para el ejercicio. Todas las constituciones pueden resultar hermosas y cualquier persona tiene derecho a sentirse a gusto con lo que ha obtenido del sorteo genético. De acuerdo, quizá ahora estamos evolucionando hacia un canon físicamente más sano que de la extrema delgadez, pero psicológicamente puede ser igualmente destructivo, por no hablar de las locuras que pueden hacer algunos con tal de lograr un cuerpo sano a toda costa, incluso de su salud. Señores, no se trata de cambiar el modelo sino de mitigar la imposición que hacemos a las personas de verdad para seguirlo. Siempre que haya una idealización de la belleza, no importa cuál sea, este resultará dañino si detrás hay una sociedad obsesiva que nos convierte en meros objetos sexuales.  Lo realmente importante no cambiará, y igualmente habrá personas insatisfechas, gente mutilándose con operaciones, trastornos de la alimentación, sometimiento de emociones profundas a valores superficiales.

          Antiguamente, cuando la comida era un lujo, se preferían cuerpos rechonchos; luego se adoraban las curvas, Hace algunas décadas empezó a idolatrarse la delgadez extrema y se ha llevado hasta límites insanos. Ahora está de moda estar atlético, pero no todo el mundo tiene tiempo para hacer tanto deporte como para reflejarlo en su cuerpo, ni todo el mundo fibra con la misma facilidad. ¿Es que ahora habrá que pasar tres horas diarias en el gimnasio, cambiar la alimentación, tomar proteínas y batidos, castigarse para conseguir o mantener este cuerpo tan difícil de lograr? ¿No es igual torturarse con ejercicio y cambiar la nutrición, sustancias para muscular y otras drogas, operaciones que pasar hambre, usar laxantes y machacarse con ejercicios de cardio para adelgazar? Pensándolo, esta nueva tendencia me parece igual o más dura que la anterior. Si se hace como se ha hecho con la delgadez, cada vez se exigirá una apariencia atlética más extrema; la gente que no pueda cumplir con estos estándares seguirá acomplejada y los que lo consigan se pueden obsesionar por mantenerlo a toda costa.
 

El mismo perro con distinto collar, nada ha cambiado, y al final seguimos empujados a buscar un ideal, una abstracción que nos esclaviza y nos desconecta de nosotros mismos. Se trata de buscar la salud física y mental, no de llevar al extremo imposiciones absurdas. Lo peor de todo es que se logran de manera tan sutil que cuesta huir de ellas. No hay nada más poderoso que aquello que no se explicita y queda asumido como lo natural por la sociedad.





Escribir correctamente, ¿un valor anticuado?


​Textos poco cuidados

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No es inusual hallar faltas de ortografía en textos publicitarios, catálogos, cartas formales, textos corporativos de empresas o manuales. Al contrario, es triste admitir que cuando un texto es correcto y bien estructurado, llama la atención. En muchos otros casos no hay errores pero el estilo es torpe y las estructuras simples, las ideas mal conducidas, poca coherencia estructural y llenos de inconsistencias en la elección del tono, el registro, etc.; la gran mayoría de textos que leo en mi vida cotidiana está mal puntuada y con una estructura de mil demonios, qué decir de los emails (profesionales y personales), participaciones en blogs o comentarios en foros de internet, artículos y textos divulgativos en la red. Si hablamos de carteles públicos, tampoco encontramos mucho rigor, y si nos fijamos en mensajería instantánea estamos ante el apocalipsis lingüístico. Incluso en textos periodísticos (orales y escritos) encontramos meteduras de pata que ponen los pelos de punta.

Todos nos equivocamos, incluso los que ponemos más atención a la lengua tenemos lapsus o cometemos en errores, tampoco hablo de perseguir y apuntar con saña los fallos ajenos, ni flagelarse ante las propias incorrecciones. Tampoco busco una postura elitista ante la lengua, creedme que no, y perdonad si en algún momento lo parece. Lo que no deja de sorprenderme es el pasotismo general cuando se trata de escribir. Gente culta, mucha de ella con carreras universitarias ( ¡algunas no tan alejadas de las humanidades!), catedráticos de universidad, personas con cargos de responsabilidad en empresas, políticos y periodistas, gente de todo tipo Podría poner muchos ejemplos que he observado recientemente: un gabinete de psicólogos que repartía un cuestionario lleno de faltas de ortografía, apuntes de un catedrático de ciencias de una prestigiosa universidad que facilitaba a sus alumnos material académico que apenas se comprende por lo mal redactado que está, hay muchos escritos de empresas multinacionales prestigiosas plagados de incorrecciones e incongruencias, etc. Peor aún, he visto maestros de primaria escribiendo textos penosos sin poner el menor cuidado en en ellos y en el ejemplo que dan a los niños. Alguna gente así lleva años enseñando a las nuevas generaciones, ¿qué se puede esperar de un contexto como este?

Casi nadie se avergüenza de escribir con faltas de ortografía y muy pocos consultan los diccionarios o las gramáticas ante las dudas. Cuando, de Pascuas a Ramos, alguien me consulta un tema en calidad de filóloga, lloro de emoción. En la mayoría de casos, estas dudas no aparecen  porque, ¿para qué preocuparse por algo que no es importante? ¿Quién se hace guiones previos para sus escritos, se preocupa de que las ideas estén bien conectadas y la puntuación sea correcta? Muy pocos.

Como decía antes, lo que me tiene perpleja no es el hecho de que haya errores, sino que la mayoría de personas no considere importante esmerarse en la expresión. Todo se aprende y se mejora, escribir bien no es algo innato sino un trabajo (tampoco demasiado duro) que se realiza a diario.

Un puñado de frikis trasnochados 



Hoy en día, los que nos preocupamos por la corrección lingüística somos, no ya una minoría, sino unos raros, se nos ha colgado el cartel de frikis. Puntillosos y maniáticos que se preocupan por cosas que no son relevantes; de acuerdo, nadie nos dice a la cara que no son importantes pero con su comportamiento se ve que les importa un pimiento. Lo noto en su actitud, pero sobre todo lo noto en el simple hecho de que la calidad de los escritos es pésima. Sin duda, pretender escribir bien es una manía con la que muchos son condescendientes, otros sencillamente la ignoran, pero en cualquier caso resulta extravagante y anticuada, poco práctica.

Escribir bien, para la mayoría de hablantes, no solo no es importante, sino que además se percibe una pérdida de tiempo. Les diría que, si se acostumbraran a escribir con un poco más de mimo, se expresarían mejor sin tener que realizar un esfuerzo extraordinario. Si uno sale a correr todos los días una hora, no e ahoga cuando tiene que apurar para subirse al autobús. Si se mantiene una casa ordenada, no es necesario que pegarse una paliza el sábado para que esté decente cuando lleguen las visitas.

No a todo el mundo le interesa lo mismo ni tiene las mismas escalas de valores, y por supuesto no espero que el mundo entero se desviva por las cuestiones lingüísticas de la forma en que a mí me apasionan, como a mí no me interesan muchos otros temas; solo desearía que se cumplieran unos mínimos que faciliten la comunicación y una inclinación a cuidar más la comunicación. Al final se trata de eso, de ponérselo fácil al lector, de ser más eficientes en nuestro propósito comunicativo. No olvidemos que, al margen de lo que nos interese u ocupe, todo debe hacerse a mediante la lengua, herramienta que construye nuestra realidad y nos permite desarrollar cualquier otra faceta del conocimiento.


Aceptar que el mundo cambia


No estoy diciendo que la gente no se preocupe por sus discursos, solo señalo que la corrección normativa no está precisamente en auge. En cambio, sí procuran introducir tecnicismos y neologismos (startup, stalker, running, feedback, nerd, geeks) y palabras rimbombantes, o términos que se ponen de moda (selfie, resiliencia, ahora suenan mucho). Emplear estas palabras sí aporta prestigio, de la misma manera que resulta interesante estar familiarizados con nuevos conceptos en redes sociales y estar informados de las últimas expresiones o juegos de palabras que están de moda. Interesa mucho más saber pronunciar correctamente palabras inglesas o apellidos extranjeros que escribir nuestro propio idioma con precisión. Es una cuestión de prestigio social que se ha implantado de forma tácita, casi inconsciente, ya que nadie afirma abiertamente estas cuestiones.

Intento analizar la cuestión sin acritud, aceptar que mis valores no están en consonancia con los que imperan en estos tiempos y tratar de no juzgarlos. Me cuesta, se me retuercen las vísceras y me sangran los ojos cuando veo ciertas agramaticalidades; aunque suene exagerado, sufro en ante algunas muestras de el pasotismo, pero también lo comprendo. El cambio de actitud respecto al lenguaje no es un hecho aislado, en los últimos años se han producido una serie de cambios en diversos ámbitos que demuestran que estamos ante una auténtica revolución: la globalización que las nuevas tecnologías traen bajo el brazo, han transformado nuestra manera de hablar, de viajar, de relacionarnos y  de percibir la realidad. Algunos cambios se han producido tan rápido pero de forma tan profunda que han arraigado en nosotros sin que podamos asimilarlos y tomar conciencia de ellos. Realmente, no es necesario comprender, la realidad se impone y punto, el mundo evoluciona y adapta sus valores culturales, proceso del que la comunicación y la escritura no quedan exentos.

En este proceso de aceptación,  intento analizar por qué ocurre este fenómeno. En mi opinión, estos son los factores más determinantes:

Democratización de la escritura. En el primer mundo, todo ciudadano tiene acceso a la escolarización. Antiguamente, leer y escribir era un privilegio vedado a la mayoría, pero ahora la alfabetización ya no es distintivo de clase. Me ha dado la sensación de que en países donde todavía hay desigualdades más acusadas en este aspecto, la gente con dinero se esmera más en dejar patente su nivel cultural. Hoy en día, en cambio, lo que sí nos distingue es el acceso y el conocimiento de la tecnología, la información y una serie de vertientes cosmopolitas, y en eso sí hay orgullo a la hora de exhibir los recursos y el bagaje de cada uno.

Prima la inmediatez sobre la calidad. Vivimos en un mundo en el que la velocidad y la simultaneidad son clave, se impone lo breve e inmediato sobre las ideas desarrolladas y meditadas, ni siquiera el rigor es tan importante como el vértigo que causa la retransmisión en directo de cualquier cosa. No solo en los medios de comunicación, también en nuestra vida privada retransmitida de forma frenética en las redes sociales. Es un ritmo histérico en el que  las noticias son titulares, la vida se mueve en la redes sociales que están en continua ebullición, la gente cita frases en lugar de leer libros. Todo rápido, caduco, en permanente transformación, lo importante es seguir la vertiginosa dinámica de nuestra sociedad, no detenerse en encontrar calidad. Evidentemente, el discurso se ve degradado en pos de la velocidad, y vemos que el rigor y veracidad quedan relegados por el impacto y la supuesta espontaneidad, el resultado es un lenguaje escueto y poco riguroso, lleno de ambigüedades y en muchas ocasiones poco efectivo.

Los modelos lingüísticos. Se consume menos literatura y manuales especializados, pero se lee más que nunca gracias a todo lo que tenemos a nuestro alcance en internet. La gente obtiene información a través de redes sociales, blogs, foros, etc. Sus modelos textuales están empobrecidos y por ello su capacidad de escritura es mucho menos rica. Ganamos en otras cuestiones, no pretendo juzgarlo, pero en riqueza comunicativa salimos perdiendo.

Mal enfoque de la lengua en los planes de estudios. Sinceramente creo que el sistema de escolarización y algunos profesores (¡afortunadamente no todos!) contribuyen a que la lengua se perciba como algo tedioso, lleno de normas y sin un sentido práctico. No comparto los enfoques prescriptivos tanto en lingüística como en docencia, y estoy segura de que si se enseñara de forma más dinámica y ajustada a los intereses reales del alumnado se conseguiría educar a ciudadanos con una competencia lingüística mucho más rica.


Apología del texto cuidado


De acuerdo,  me resigno a que hoy en día la corrección lingüística no sea algo prestigioso en nuestra sociedad. Aun así,  quiero argumentar por qué considero que sí vale la pena esmerarse un poco:

Facilitar la comunicación. El motivo por el que la Academia de la lengua quiso unificar la ortografía y la puntuación era mejorar la comunicación entre los hablantes, simplificar una tarea intrínsecamente complicada, relegar al hablante de la responsabilidad de pensar y disipar dudas. Un texto bien escrito se comprende mejor, es más efectivo en su propósito y permite ahorrar tiempo. Esta es la verdadera razón por la que una norma lingüística tiene sentido.

Respeto por quien nos lee. Esto puede resultar polémico, pero lo sostengo.  Igual que existe una cortesía social que nos enseña que hay que saludar, pedir las cosas por favor, usar el tono de voz adecuado, ir aseados, mantener unos modales en la mesa, etc., también escribir bien es una muestra de consideración hacia quien nos lee. No se nos ocurre ir a una reunión social o al trabajo con una camiseta llena de lamparones, ¿verdad? Para mí una falta de ortografía es como una mancha en la camisa: si accidentalmente ocurre no pasa nada pero mientras esté en mi mano lo evitaré. Es una convención social con un alto grado de arbitrariedad, pero, ¿acaso no lo son casi todos los patrones culturales que seguimos? No son absolutos y podemos vivir sin ellos pero en cierta medida facilitan y regulan la convivencia.

Demostrar conocimiento y rigor. Ya que tenemos la suerte de acceder a una educación,
demostremos, al menos en situaciones formales y convencionales, que conocemos la norma. Igual que nos atenemos a los protocolos sociales, y que en contextos como trabajo o entornos sociales de poca confianza la mayoría de nosotros nos esforzamos por presentarnos como personas razonables, en quien se puede confiar, que conocemos mínimamente el funcionamiento del mundo y poseemos una cultura general, ¿por qué no demostrar también que sabemos escribir? ¿No le daría vergüenza a muchos equivocarse en una operación matemática básica como dos por ocho o errar diciendo cuál es la capital de Portugal?


Escribir bien, una actitud más que una meta



Insisto en no darle un rasgo elitista al hecho de escribir bien, porque la perfección no existe, solamente es un ideal al que aspiramos. Se trata más de la intención que del resultado, una predisposición de buenas intenciones que está al alcance de cualquiera. Comprendo también que las circunstancias actuales y los valores que imperan lleven a relegar la corrección lingüística a un segundo o tercer plano, pero no puedo evitar que me pese. Me confieso una anticuada, pero le tengo cariño a mi manía y por eso he escrito este artículo a modo de reflexión y terapia.

La felicidad no tiene fórmulas ni atajos: la trampa de la autoayuda

Una vida llena de presiones e incertidumbres

Saber qué queremos puede ser difícil, especialmente para los que hemos nacido en un entorno con tantas oportunidades y posibilidades a nuestro alcance. Hijos de la abundancia, con tantos recursos y tantas opciones y demasiado a menudo paralizados ante el sobrecogimiento y a veces el miedo. ¿Miedo a qué? Se supone que con tantas opciones todo está a nuestro alcance, que si no lo logramos es porque no lo hemos intentado con suficiente determinación.

A veces resulta difícil responder a las expectativas que da miedo fallar, incluso nos olvidamos de si lo que queremos lo hemos elegido o nos lo han inculcado a base de tanta repetición; otras, nos sentimos bombardeados con tanta presión (bienintencionada, pero igualmente dañina) que nos bloqueamos y no sabemos hacia dónde caminar.


La luz al final del túnel... o no


Hay muchos vídeos motivadores en la red mostrando gente en condiciones durísimas que logran sobreponerse y finalmente lograr metas mucho más ambiciosas que gente que aparentemente no tenía dichos impedimentos. Lo último que quiero es restarle mérito a esta gente, tienen todo mi respeto y admiración. Pero creo que en su caso ha habido una selección natural: como no basta con una fuerza de voluntad media, o sobresalen mucho o se hunden, por eso muchos de ellos han llegado tan lejos.
 
Mientras vemos esos vídeos, parece admirable que, habiendo gente con este empeño y energía, condicionantes físicos y de salud serios, situaciones personales insostenibles, golpes de mala suerte, etc, y que ha podido salir adelante sea de  podido salir adelante y por momentos se nos contagia el optimismo. Comparando con sus estados de partida, resulta ridículo que haya depresiones, ansiedad, trastornos de la alimentación, fobias, etc. entre gente corriente. Parece que con un par de pensamientos sencillos, algunos modelos adecuados y poco más podamos encontrar la receta de la felicidad. Insisto en no querer restarle valor a sus testimonios, pero ni la felicidad es una receta ni está en los vídeos, conferencias o

libros de autoayuda.


Felicidad sin recetas


La felicidad es algo más complejo que cuatro directrices y un firme propósito y no cabe en una fórmula. Pero estos discursos nos hacen creer que sí. Por instantes, parece que podemos comernos el mundo, pero luego chocamos con las viejas dinámicas y la cruda realidad, y nos sentimos flojos, más frustrados que antes. Se refuerza ese sentimiento de que lo que nos ocurre es culpa nuestra ya que, si la felicidad es tan sencilla, si no lo soy es porque hago algunas cosas realmente mal. En mi opinión, esa es la trampa de estos discursos sencillotes, que solo dan generalidades, que resumen en dos frases elementos complicados, cuestiones más arraigadas a sentimientos profundos y no siempre conscientes. No digo que la felicidad no sea posible, tampoco que no debamos alabar y pensar en esta gente tan admirable. Pero para cambiar nuestras vidas faltan más cosas que dos sonrisas y cuatro propósitos semanales.


La vida es complicada y los seres humanos también. También somos capaces de crear belleza y sentimientos hermosos, pero nunca con una base fácil, y mucho menos rápida. En un mundo de la inmediatez, también queremos encargar la felicidad como quien pide comida rápida y eso no es posible. Una vida complicada exige, por fuerza, una solución complicada. Fuera tópicos, fuera recetas, y viva el autoconocimiento, el trabajo diario, las contradicciones, los altibajos, como la vida misma.

Curso coreográfico vs. curso enfocado al baile social

CURSOS COREOGRÁFICOS, CADA VEZ MÁS POPULARES




Desde siempre me ha fascinado la capacidad de algunas personas para subirse a un escenario y, delante de todo el mundo, ofrecer un espectáculo, entretener y expresar ideas y emociones al público, ya fuera a través de la música, el teatro o la danza. Lo que no me imaginaba era que tardaría tan poco en participar en una coreografía y que iba a ser una experiencia tan intensa.


Es raro ir a una salsoteca que no incluya animaciones, talleres y espectáculos. Algunos son profesionales pero muchos son amateur, y no por ello de menor calidad. Por otro lado, si algo he aprendido es que la importancia no está en la dificultad sino en la ilusión y la capacidad de hacer las cosas lo mejor posible. La gente va para disfrutar y compartir, no para criticar, y las ganas son de animar y apoyar a cualquiera que tenga la valentía de subirse al escenario.

He aprendido y crecido mucho con este curso, y muchas de las cosas no son estrictamente de baile, aunque también: he mejorado la técnica y aprendido mucho sobre expresión corporal, pero también he superado metas, me he conocido mejor, he estrechado lazos con mis compañeras y hemos sentido todo tipo de emociones: compañerismo, risas, esfuerzo, irritación, cansancio, ilusión, miedo y nervios, ridículo y orgullo, agradecimiento, humildad, sacrificio, impotencia a ratos y satisfacción, tolerancia, y un largo etcétera. Durante las clases se aprende muchísimo, pero también cuando hay que tomar la iniciativa en ensayos sin los profesores, en los momentos previos al show, en el trato personal y los momentos fuera de la coreografía. Es verdaderamente emotivo y difícil de describir.

Como llevo poco tiempo bailando, no sé si antes había esta tendencia de los cursos coreográficos: cursillos de las escuelas de baile donde, además de una técnica, se prepara una coreografía que posteriormente se representará en discotecas o congresos. Va más allá del montaje de final de curso y se trata de esforzarse por dar lo mejor de cada uno, normalmente en varias representaciones. No hay escuela o profesor que no esté involucrado en alguno de estos cursos y cada vez conozco más gente que participa en uno (o incluso varios) de estos montajes. Es económicamente rentable para las escuelas y una fuerte motivación para los alumnos, de ahí que estos grupos crezcan como setas, al menos en España.

Podría contar muchas cosas de mi experiencia personal, pero primero quiero hacer una entrada de cómo veo estos cursos. Si ya has bailado en uno de ellos sabrás de qué hablo, y si estás planteándote unirte a alguno puede que te resulte útil.


PRINCIPALES DIFERENCIAS

Como decía

Técnica. En ambos cursos se imparte técnica, pero en los coreográficos muchísimo más depurada. No importa bailar mucho, la clave está en que lo que se haga se vea muy bien: preciso, limpio y uniformado. Además, hay algunas diferencias: en el show todo es más amplio, debe verse grande para que impresione y llegue a los de la última fila, que la atención no decaiga, etc. Obviamente, cuanto mejor bailes en el estilo de show mejor lo harás n el social, y todo lo que aprendas podrás usarlo, pero siempre de otro modo

Expresión. el baile es comunicación, y debe trabajarse la expresión en cualquiera de sus ámbitos. Sin embargo, en el show debemos poner hincapié en esto. Todo es más exagerado, deben evitarse los momentos flojos para que la atención no decaiga, hay que unificar hasta el último detalle con los compañeros. No siempre es sencillo trabajar la presencia escénica y es muy normal al principio sentirse cohibido e incluso ridículo.

Una misma coreografía. Cada maestrillo tiene su librillo, pero no habitual en los cursos para social es aprender una figura por semana o cada dos semanas. Cuantos más recursos, mejor, incluso es esperable que el profesor explique variantes y maneras de aplicar y adaptar los pasos a nuestro estilo. En una coreografía, aunque sea de cajón, hay que machacar una misma secuencia y lograr ir todos a una. Todos igual y siempre lo mismo. Se repite y se perfecciona hasta la saciedad, hasta que nos sepamos la coreo incluso en sueños, hasta que la interioricemos como el caminar.

Compromiso. Es evidente que en el curso coreográfico se aporta mucha más dedicación. Si uno falta a una clase, puede perderse cosas importantes que le dificulten reincorporarse, pero sobre todo está fastidiando a los compañeros: si se falta continuamente a los ensayos el grupo no puede avanzar y son los compañeros quienes deben ponernos al día, si se causa baja para una actuación hay que modificar las posiciones

Ensayos extra. No basta con las clases, al menos no para la mayoría. Quedar algunas veces, especialmente en la recta final, ver los vídeos para memorizar cuanto antes la secuencia y para autocorregirse. Realmente son horas de dedicación, lo cual se hace encantado cuando hay energía pero cuando flaqueamos, tenemos un mal día o no estamos de acuerdo con algunas cosas que se hacen ni en el modo, pero cuando vienen momentos difíciles comienza la cuesta arriba. Ahí es cuando hay que sacar toda nuestra tolerancia, respirar hondo y comprender que también esto forma parte del aprendizaje.

La importancia del grupo. Este es el tema clave. No solamente se va para aprender individualmente sino para formar parte de un grupo. Ni podemos dar nuestra opinión siempre, porque a veces esto es un gallinero, ni podemos adaptar las cosas a como las hacemos nosotros o nos resulta más cómoda. Hay que respetar las decisiones del grupo, ser disciplinados y comprender que lo importante es que se trabaje y se vea bien en conjunto, no hay estrellitas. También es necesario implicarse a la hora de aportar y recibir críticas constructivas. La humildad y la participación activa son fundamentales para que funcione.

Pareja de baile. Se necesita tolerancia y compenetración, hay que pasar muchas horas juntos y lograr una meta común, que parezca que son una misma persona dividida en dos cuerpos. Lo que le ocurra a una, le afecta a la otra. Se necesita incluso más confianza que con el grupo general, y al final se establecen muchos paralelismos con una pareja sentimental. Encontrar (o que te asignen) a la persona adecuada puede clave a la hora de que funcione, pero también es algo que debe construirse y trabajarse. No lo he experimentado todavía ya que viendo el resultado de algunas personas preferí participar solo en un grupo femenino, pero me encantaría probarlo.

La dificultad es mayor. Cambios de posiciones, acrobacias, todo tan vistoso como sea posible, esa es la gracia de trabajar tanto tiempo en una misma secuencia. Tenemos que esforzarnos pero también estaremos mucho más motivados. La buena noticia es que, como la idea es mostrar una cara digna, si algo no sale bien siempre puede adaptarse a las habilidades generales del grupo. Hay cosas que jamás tendrían sentido en pista porque no pueden improvisarse y por ello es muy improbable que las aprendas si no te las enseñan en un curso así. Vale la pena.

El vestuario. Claro, es parte fundamental del espectáculo. Ayuda a que se vea mejor pero también a meternos en el papel. Bailar tiene una faceta muy teatral, y el attrezzo es básico para darle ese toque mágico al show.

Las emociones. Ya, eso otro tema peliagudo. El roce hace el carió pero con el contacto también saltan chispas. Ni nos llevamos igual de bien con todos ni todo el mundo es compatible de la misma forma. Y eso es un riesgo que siempre se corre: por más que creamos conocer al profesor o a los compañeros, hasta que no nos veamos con el estreno a la vuelta de la esquina, el desgaste de los ensayos, la confianza que nos empuja a ser menos cautos con nuestros modales, las horas acumuladas de pasar tiempo juntos, no sabremos cómo resultará. Con algunas personas estrecharemos lazos increíbles y con otras nos llevaremos a matar, pero lo más normal es que haya momentos de todo tipo. Esto es de lo más duro pero también de lo más entrañable, y nos permitirá conocer a los demás y a nosotros mismos. Al final, no sabrás cómo ha ocurrido pero te verás sintiendo alzos profundos con la gente de tu grupo que no podrás describir

Enfrentarse a los nervios y la timidez. En la pista de baile nadie, porque cada uno está ocupado con su propio baile, pero cuando eres el objeto de la atención general la cosa cambia. Algunas personas tienen serias dificultades para hablar en público o ser el centro de todas las miradas. Bailar en un escenario puede ser realmente una buena terapia de choque, y la mayoría de las personas se sorprende positivamente a la hora de salir y verse en situación. Hay quien tiene nervios desde unos días antes, otros quienes toman conciencia de lo que sucede un poco antes. Una cosa está clara: aunque los nervios no nos dominen, es normal y necesario sentir un mínimo de nervios porque de lo contrario significaría que no nos importa lo que estamos haciendo, y la tensión en su justa medida nos ayuda a hacerlo mejor.

Momentos de camerino
La sensación de estar ante el escenario. Se ha trabajado duro durante meses, la coreo está lista, y el vestuario, parece que podríamos pasarnos la vida entera mejorando pequeños detalles, pero hay que salir y darlo todo. No sabes lo que va a ocurrir, esa es la realidad. Algunos se crecen ante el público, otros se sienten enajenados, todos tiene algún tipo de nervios aunque sea en distinta proporción, pero todo el mundo dice que le pasa rapidísimo, es visto y no visto. Muy difícil de describir pero casi siempre muy satisfactorio. Relajarse antes, tener buena comunicación con los compañeros, tener un momento de complicidad, salir a darlo todo y a disfrutarlo, a compartir con los que hayan venido a verte y agradecerles su atención. Lo demás, solo puede vivirse.

CONCLUSIONES

El coreográfico exige mucho pero aporta todavía más. Es una cuestión de superación personal y aprendizaje humano mucho más allá del baile. El social, en cambio, es un espacio para aprender de forma individual, pensando en uno mismo y esperando flexibilidad. Si se tiene claro qué se quiere,  ambas opciones son fantásticas. Son experiencias muy distintas, y totalmente compatibles. Naturalmente, no se puede empezar la casa por el tejado y es necesario saber bailar un mínimo en social para aventurarse a un coreográfico.

Sinceramente, si no se tiene una situación personal en la que no pueda asumirse un compromiso, es mejor no enfrascarse en una coreografía, por uno mismo y por los compañeros.


Mi experiencia es más que positiva en ambos casos, y agradezco mucho a todos mis profesores pero también a todas mis compañeras con las que estos últimos meses hemos compartido tanto.

La falsa ilusión de controlar nuestras vidas

La casualidad se percibe como un parásito que tratamos de eliminar, no hay espacio para ella en nuestras vidas. Incluso los contextos en que supuestamente nos dejamos llevar, lo hacemos con unas variables muy cerradas para la improvisación. Confesémoslo, la incertidumbre nos mata, está en nuestra naturaleza: la religión, el destino, la ciencia, lo esotérico, y otros afanes por explicar y predecir demuestran nuestra incapacidad de gestionar lo que probablemente es puro azar y tratamos de darle un sentido a todo y dominarlo, sea o no de un modo racional.

Tenemos un plan, siempre es necesario tenerlo, y si no se pueden controlar todos los detalles, entonces recurrimos a un desplegable de planes b, c, y tantas letras del abecedario como sean necesarias para reducir al máximo el imprevisto. Trazamos una estrategia laboral a corto, medio y largo plazo, calculamos cuándo toca hacer locuras (siempre con mesura, sobra decirlo), cuándo asentar la cabeza, cuándo nos conviene enamorarnos, en qué momento es posible tener hijos, cómo debemos sentirnos a cada instante y qué papel se asigna a cada uno, en qué se convertirán nuestros hijos y cómo será su infancia, además de un larguísimo etcétera. Nuestros días están estructurados con una rutina, una agenda, apoyadas por herramientas tecnológicas y mil aplicaciones, consultamos incluso el tiempo que hará con la predicción meteorológica por horas, contar cada caloría y los ingredientes de lo que ingerimos, la limpieza y desinfección de todo como si fuera posible vivir en un entorno aséptico, nos hacemos todo tipo de controles médicos, test de orientación laboral y de estudios. Todo orientado a eliminar los riesgos, la incertidumbre y ser amos y señores de nuestras vidas.

No puedo evitar preguntarme de dónde nos viene esta tendencia. La gente que presume de ser organizada también suele hacerlo de desempeñar mejor cualquier cosa, de tener una seguridad. creemos que quienes se mantienen al margen de tal programación no llegarán nunca a nada. Puede que logren otras cosas, o puede que nos aterre admitir que tanto esfuerzo puede ser en gran medida en balde. Nos obsesiona que el azar arruine nuestras previsiones y perder el tiempo, sentirnos perdidos o no sacar el máximo de cada oportunidad. Pero me pregunto: ¿qué es el máximo. ¿Acaso esa tensión, que supuestamente nos aporta en unos terrenos, no nos hace perder en otros? Intuyo que toda esa falsa seguridad destruye opciones que tal vez serían maravillosas, nos enseñarían y nos harían más fuertes en caso de no ir sobre ruedas y nos liberarían de muchos quebraderos de cabeza. Lo paradójico es que aspiramos a tener control sobre las cosas para estar tranquilos, para disfrutar de garantías, pero es justo lo contrario: esa búsqueda de lo perfecto nos genera ansiedad en sí misma, nos vuelve inseguros y débiles, ya que cuando no lo logramos a veces nos derrumbamos, y nos impide aceptar que el universo es caos.

No está mal diseñar estrategias, prever, minimizar riesgos y prejuicios, pero no podemos hundirnos ante los imprevistos o la falta de control, incluso deberíamos aprender a disfrutar de la libertad que nos aporta poder improvisar. Hemos entendido mal la ecuación: que en ocasiones el azar conlleve riesgos y peligro no convierte la casualidad en algo peligroso, a veces lo mejor ocurre porque sí. Bienvenidas las sorpresas, el azar, hay que estar preparados para que las cosas no dependan de nosotros. Y no me refiero a aceptar que hay una explicación a la cual no llegamos, tomar la fe por presupuesto, sino darnos cuenta de que hay cosas externas que ocurrirán sin más. ¡Renunciemos a esa ilusión! Nosotros somos solamente un elemento más de una ecuación enorme llena de factores desconocidos e incontrolables. Aunque nos resulte inconcebible, es posible construir la vida alrededor de la coincidencia y aceptarla como tal. Tengamos un plan, pero que no nos ciegue: que sea este un esbozo en continuo enriquecimiento y olvidemos la inflexibilidad que tanto daño puede hacernos y tanto nos limita.

Abracemos la libertad, estemos receptivos, relajémonos, en definitiva; liberémonos de la pesada carga de ser los falsos dueños de todo lo que ocurre. Replanteémonos también si aquello que que aceptamos dominar lo hemos elegido nosotros o si ha sido impuesto y en realidad nosotros solo somos meros ejecutores; plantémonos por qué no lo hemos cuestionado antes y, sobre todo, quién gana con ello. 




El baile, esa droga natural


 Bailar, placer inefable al alcance de todos


Cualquier intento de explicar lo que siento con el baile está condenado a fracasar, pues siempre sonará demasiado entusiasta, cursi, exagerado, y me parecerá alejado de la realidad. Algunas cosas solo pueden experimentarse, con suerte compartirse, pero no ser dichas. Esta condición inefable también lo hace muy particular.


No hace falta haber asistido a clases o conocer unos pasos concretos para poder disfrutar del baile, es algo casi instintivo y al alcance de cualquiera. Ciertas personas tienen especial facilidad, otras sienten más o menos vergüenza, mientras que algunas se muestran más reacias a soltarse o necesitan circunstancias especiales: estado de euforia, alcohol, absoluta intimidad en el espejo de casa… Pero todo el mundo, en algún momento, ha experimentado el placer de liberar el cuerpo y la mente al  ritmo de la música. No estoy hablando de bailar bien o mal sino del goce que puede proporcionar ese momento de libertad. Pocas cosas aportan tanta plenitud, nos hacen sentir tan completos y tan centrados en el presente como esos instantes en que la música, nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras emociones se funden en el baile.


La rutina y lo excitante


Nuestra sociedad tiene una relación de amor y odio con la rutina. Por un lado, nos esforzamos  por construirla y cultivarla, se nos dice que aspiremos a la estabilidad y nos conducen a una estandarización del individuo: desde que nacemos hay un plan trazado para nuestra vida, aunque no todo sea explícito, te dicen qué es normal y qué no lo es, a qué debes aspirar y cómo debes sentirte. Sin embargo, al mismo tiempo, nos dan otros mensajes también con mucha insistencia que se contradicen con esta premisa: sé único, construye tu identidad con principios narcisistas, procura ser diferente y especial, rompe con las reglas, vive en la euforia, que todo te aporte emoción y te dé un subidón, aburrirse o aburrir es un pecado mortal, aprovecha el tiempo de forma casi frenética, etc. Estamos abocados a ansiar cosas contradictorias, como  si dos cuerdas invisibles atadas a nuestras extremidades tiraran en direcciones opuestas: intensidad y estabilidad, seguir el camino trazado bajo la aprobación ajena pero anhelando sentirnos únicos y especiales. Esto nos genera una gran presión e incluso conflicto, y de hecho hay muchísima gente que sufre de depresión o ansiedad; en mi humilde opinión, estas tensiones tienen mucho que ver en ello.

Tampoco creo que una vida sin exigencias y exclusivamente enfocada al ocio pueda proporcionar la felicidad. ¿Cómo apreciaríamos el día si no existiera la noche? Necesitamos ambas cosas, quizá muchos se equivoquen a la hora de encontrar la proporción adecuada, incluso a integrarlos mejor, y es probable que debamos esforzarnos continuamente en hallar ese equilibrio. Nadie ha dicho que esta conciliación sea sencilla, y a veces vivimos una especie de esquizofrenia o doble vida: trabajamos mucho y a veces cumpliemos con nuestros roles sociales o familiares llevando una máscara, haciendo lo que se espera de nosotros pero, por suerte, encontramos una rendija por la que dar vía suelta a nuestras pasiones. Algunos buscan esta intensidad de emociones en la fiesta, otros  las relaciones sociales o el ligoteo, otros se centran en su vida profesional, incluso quien lo sustituye con sustancias como el alcohol u otras drogas; pero también existe la posibilidad, además, de encauzarlo a través del  deporte, el baile u otra afición artística, interés por cualquier tema.


Cada loco con su droga


Mi hermana se siente afortunada por haber encontrado en la escalada todas aquellas emociones positivas que antes buscó en otras cosas: el subidón y la euforia, la energía, los retos, el contacto con la naturaleza, etc. Tengo amigos que no imaginan sus vidas sin su afición favorita, ya sea el surf, el montañismo, el buceo o cualquier otro deporte, y construyen gran parte de su vida y su identidad alrededor de ella. Con el baile me sucede lo mismo: es divertido, tiene un componente social, de reto físico, llena muchos huecos, pero no es un simple sustituto de nada, es en sí mismo una fuente inagotable de satisfacciones. Como dice mi hermana, es una droga natural. Sí, sí, he dicho droga, porque tiene algo adictivo. Si estás enganchado, necesitas tu dosis periódica, y cuando te falta te sientes decaído, ansioso o malhumorado.

Ahora está de moda hablar de hormonas, y la adrenalina, endorfina, serotonina, y demás “inas” aparecen en toda conversación de café, y parece que cuando nos drogamos lo que hacemos es buscar de forma artificial y con mayor intensidad aquello que nuestro cuerpo es capaz de proporcionarnos. No sé si es adicción, pero bailando me siento feliz, una intensidad que nada más me proporciona. Me he visto a mí misma agotada, yendo a trabajar con los pies doloridos y los ojos cerrándoseme de sueño por haber salido entre semana, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Prefiero estar cansada y feliz que relajada en una vida gris. Lo más curioso es que luego no me cuesta sacar las fuerzas, un par de tés  pa’alnte, y todo se vuelve de otro color.

Este es el momento de las confesiones. Admito que cuando he estado tiempo sin bailar he experimentado bajones y cambios de humor. Cuando una noche de baile prometía ser estupenda y al final se ha torcido mi reacción no siempre ha sido la de una persona madura sino que he dado una dimensión desproporcionada a lo que debería ser un simple chasco. Cuando me he sentido angustiada, lo primero que ha venido a mi mente ha sido salir a bailar, y lo más gracioso es que, hasta ahora, sí ha sido un alivio contra casi cualquier pena. Sin darme cuenta, priorizo los planes de baile y construyo mis viajes y vacaciones en gran medida en función de la salsa. Y para qué negarlo, raramente tengo suficiente sino que va in crescendo y sin vistas de parar. De acuerdo, soy adicta al baile, ¿y qué?

¿Vosotros también sois yonkis de la danza u a otra cosa? ¿Tenéis algo que confesar?


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Vacaciones improvisadas


Chamonix

Estoy a pocas horas de irme de vacaciones y estoy emocionada como una chiquilla, parece que hiciera un siglo que no viajo. Estos son los efectos colaterales de mi nueva vida de oficinista, además de la hiperactividad por culpa de estar tantas horas como un mueble ante un ordenador. Volver a trabajar me hace valorar todavía más las horas que me esperan en los próximos días.

Mi plan inicial era visitar a mi hermanita, que vive en Chamonix, un pueblito encallado en un valle de los Alpes franceses muy cerca de la frontera con Suiza; es un lugar recóndito al pie del Montblanc, y no tiene acceso directo: hay que viajar a Lyon o Ginebra. Buscando la mejor opción, y viendo que todo estaba caro, requiriendo varios medios de transporte por trayecto,decidí hace unos días que iríaprimero a Lyon y aprovecharía para pasar el fin de semana, y después iría a Chamonix.  Pensaba regresar directamente pero la vuelta también se ha complicado, así que me veo obligada a pasar unas horas en Annecy, pero viendo las fotos me alegro de que así sea porue resulta ser una ciudad universitaria preciosa alrededor de un lago de ensueño. Sin pretenderlo, al final el viaje se ha vuelto un tour de lo más interesante.


Viajo sola, comparto coche con Blablacar y me estreno en couchsurfing, ya que en Lyon voy a dormir en Lyon en casa de alguien que ofrece su apartamento para viajeros de esta comunidad. Cierto, voy con presupuesto bajo, pero no es una cuestión de dinero. Me gusta viajar así incluso cuando la diferencia económica no es significativa: renuncio a comodidades pero a cambio tengo margen para improvisar, conocer gente distinta y casi siempre interesante, tener este trato cercano con habitantes del lugar, y ver cosas que se salen del folleto para turistas. El viaje que se me presenta me parece la mejor de las aventuras, aunqeu no sea un lugar lejano ni exótico, y entiendo que este enfoque que para mí es tan emocionante resultara una pesadilla para otras personas.

Sobra decir que colgaré fotos tomadas por mí, ¡estas son solamente de muestra para poneros los dientes largos!


Lyon
Como sabéis, hace poco empecé a trabajar después de un largo periodo sin empleo. Todavía me cuesta describir todo lo que he sentido y aprendido es este tiempo que podríamos llamar sabático, supongo que todavía necesito caminar un poco más lejos, tomar algo más de altura, para apreciar con mejor perspectiva todo lo que ha supuesto y qué huellas ha dejado.

Las palabras tiempo y libertad tienen un nuevo significado para mí desde entonces, y doy gracias a la vida por haber tenido de regalo este año lleno de experiencias nuevas, descubrimientos, retos, pero sobre todo la sensación de ser dueña de mi destino, perder el miedo a tomar decisiones, la tensión e insatisfacción por tratar de contentar a los demás, a ser esclava de sus opiniones y a seguir el guión que otros habían trazado para mi vida; he profundizado en cosas que me apasionan y he aprendido a dejarme llevar, a tomarme la vida de otra manera.

Me apetecía reanudar mi  actividad laboral, pero también sabía que la adaptación no iba a ser sencilla. Volver a tener retos profesionales, disponer de dinero, conocer otros ámbitos, esta es la parte bonita. Soportar los cambios de humor de un jefe además de los propios, tener que ajustarse a unos horarios, reducir mis aficiones y en ocasiones priorizar el trabajo sobre cosas personales, disfrutar del tráfico ciudad en hora punta, esta es la otra cara de la moneda.

Annecy
Al final no ha sido tan dramático, y estoy sorprendida al ver que estoy manteniendo casi todas mis actividades de baile y gimnasio, que no son pocas. Apenas tengo un minuto para detenerme, mi armario es un desastre y tengo toneladas de ropa pendiente de lavar porque no paro en casa más que lo justo, duermo poco,  y voy dando cabezadas en el autobús de puro agotamiento ya que después de una semana en la que todo está medido para no perderme nada, durante el fin de semana hago todo aquello que a diario no me alcanza. El cansancio, momentos de mal humor, algún que otro marrón en el trabajo, son pequeñas cosas que compensan pero en conjunto me siento feliz y orgullosa. Conservo la energía y la motivación, y estoy satisfecha porque siento que mi tiempo es mío, el trabajo solo es un paréntesis que no está tan mal, ya que tampoco es ningún suplicio, pero que cuando salgo empiezo a vivir de verdad, a disfrutar y aprovechar cada minuto. Voy al gimnasio casi cada mañana, y me sorprendo al ver que no solo me levanto motivada y con energía sino que, el día que no entreno, no termino de despertarme. No sé si siempre será así, pero siento que mi motor y mi gasolina se nutren más de la alegría de hacer cosas que me llenan que del descanso y comodidad de la vida sosegada. Prefiero estar agotada físicamente pero con una sonrisa que descansada y mustia.

No hay nada como un viaje para sentir el mundo a tus pies: de repente todo tu tiempo es para ti, para prestar atención a todos los estímulos que te sorprenden, perderte por lugares nuevos, con colores, paisajes distintos a los habituales, gente con distintas costumbres, olores y sabores que nos sorprenden. Entonces conectamos de otro modo con nosotros mismos y aprovechamos cada instante, nos volvemos receptivos a lo que vemos, lo que sentimos, incluso el diálogo interno cambia. Nos despojamos de la rutina y ponemos el  chip de exploradores para volvernos totalmente permeables al entorno: abandonamos el  rumbo fijo que nos mueve en la vida cotidiana y nos permitimos caminar al azar, dejándonos capturar por cualquier detalle que nos llame la atención.

Esto acaba de empezar, prometo continuar.

Uso este espacio como vía de escape a mis pensamientos pero también para que cualquiera de su opinión o cuente su experiencia. Ya sabéis, la sección de comentarios está disponible ;-)


Llamar por teléfono en tiempos de Whatsapp



El Whatsapp ha desterrado las llamadas de voz


Hace muy poquito, dos amigas muy cercanas han pasado por momentos de inflexión en su vida, experiencias de aquellas que marcan profundamente: una ha tenido la desgracia de perder a su madre, aún muy joven; la otra, en cambio, está de enhorabuena porque ha dado a luz a un niño muy deseado. Como son amigas de la infancia que han pasado tiempo con mi familia, comenté con mis padres ambos sucesos un día en la mesa. Mi padre me pregunto con toda naturalidad en ambos casos "¿cómo está?", y yo "parece q bien", él, extrañado, insistió: "bueno, pero, ¿cómo la notas al hablar por teléfono?". Me quedé pensativa al darme cuenta de que ni con una ni con otra había conversado de viva voz, y eso que ya habían transcurrido unos días. Nos hemos escrito a diario, respondí. La cara de mi padre era de total desconcierto, y ahí murió la conversación. Quizá porque soy de una generación a medio caballo entre la era analógica y la del Smartphone, yo también me siento extraña si lo pienso. Nos hemos escrito, mandado emoticonos, millones de besos y corazoncitos, mensajes de interés, apoyo y frases de eterna amistad, bromas... Pero no nos hemos llamado. 

Os invito a que reflexionéis cómo ha cambiado en los últimos tiempos el modo en que llamáis: si lo hacéis menos frecuentemente, si os dudáis más que antes a la hora de hablar con alguien. ¿En ocasiones os sentís extrañados si os llaman cuando en el pasado lo hubierais tomado con naturalidad?

Las llamadas de voz se han vuelto algo invasivo, intimidante, solamente en círculos de mucha confianza se hace pero siempre con mucha moderación. Ya nadie se llama después de una cita romántica porque parece que uno está desesperado, si alguien lo está pasando mal es mejor chatear, no sea que pudiéramos molestar o hacerles sentir incómodo. Sin embargo podemos escribir a cualquier hora y sin ningún criterio chistes, vídeos tontos y plantear cualquier cuestión trascendente por escrito sin esperar a ver la cara de quien lo recibe, sin pensar qué estarán haciendo nuestros receptores o si nuestro mensaje se entenderá correctamente. Escribir es muy cómodo y tiene muchas ventajas, pero quizá debamos replantearnos qué valor damos a cada cosa. Llamar se ha vuelto algo muy intrusivo y eso resta calidez en algunos momentos; en cambio, los grupos, los mensajes que implícitamente esperan respuesta constante y que, por desgracia ocurren tantas veces en un día, pueden interrumpirnos y quitar calidad a los momentos presenciales. ¡Cielos, esto es el mundo al revés!



Los chats: ¿somos beneficiarios o esclavos de su inmediatez?


Viajamos en metro y gente charlando, pasajeros escuchando música, una minoría leyendo, entre los afortunados por pillar asiento, hay quien se echa alguna que otra cabezadita; otros, simplemente aletargados, muestran una actitud casi de ascensor: intentan ignorar al resto sin dar muestras externas de ninguna actividad. Pero además hay una nueva ocupación muy extendida: las conversaciones por mensajería instantánea con el smartphone. El transporte público es donde más se nota, pero poco a poco hemos visto cómo se intercala el uso de chats en cualquier situación: mientras estamos en la cola del supermercado, esperando cola para cualquier lugar a que llegue alguien, caminando por la calle, en los semáforos tanto peatones como conductores arañan unos segundos para chatear, pero no solo en ratos muertos sino también  en reuniones de trabajo la gente escucha mientras, de vez en cuando, echa rápidas ojeadas a su teléfono o escribe sin demasiado disimulo un breve mensaje; lo mismo en encuentros de amigos, en los que, ya sin disculparse, la gente escribe mensajes a terceras personas mientras habla con los presentes.

Rellenamos los ratos muertos con esta nueva distracción pero al final se ha generado una necesidad de comunicación perpetua. ¿Es que antes no nos comunicábamos? ¿Por qué tengo la sensación de que tengo tantas cosas que decir, tanta gente a la que contestar? A veces disfruto de los chats, me resultan prácticos, pero con demasiada frecuencia me siento bombardeada, interrumpida, con la presión de tener que contestar al momento  si no quiero ofender a la otra persona.  Ha dejado de ser una opción a ser una obligación, algo que si incumples dejas de enterarte de cosas importantes, ofendes a alguien o creas malentendidos. Los días en que voluntariamente o por un descuido me dejo el móvil en casa siento un alivio y una paz que demuestran que algo está mal en las nuevas dinámicas. Por el contrario, cuando tengo de nuevo acceso a la red, veo que se me acumulan las respuestas, gente a la que escribir y me siento como la estudiante que no lleva al día sus tareas. Se supone que la necesidad de comunicarse debería estar sobradamente cubierta pero nunca antes había sentido tanta presión por mantener a la gente informada.

Tengo la sensación de que nos escribimos más pero nos comunicamos peor. En adolescentes es más acusado, aunque también he observado este fenómeno en treintañeros: ves que están en grupo pero todos pendientes del móvil, quizá escribiéndose entre ellos en un grupo en el que alguien está ausente y lo ponen al día. Los malentendidos se han multiplicado, ya frecuentes en la comunicación tradicional, pero la ambigüedad del texto escrito hace que se multipliquen los equívocos, las discusiones de pareja y amigos. Los tonos de voz nunca podrán suplirse con emoticonos y, por más que algunos digan una imagen valga más que mil palabras, todas las fotos del mundo e un chat no suplen la capacidad de diálogo y ajuste que da una conversación. Me resulta muy gracioso ver que la gente consulta con muchísima frecuencia a terceros qué opinan que puede haber querido decir una persona con tal o cual mensaje o por haber tardado equis en responder. No solo es incongruente el tiempo que invierten en darle vueltas al asunto y pensar que habría querido decir en vez de preguntarlo directamente a la persona involucrada sino que además se atenta contra la intimidad de esta al hacer un debate público sobre el tema.

Pero eso no es todo, creo que la comunicación ha perdido calidad pero también se la ha restado a todo lo demás: caminamos como zombis por la calle más pendientes del Whatsapp o del GPS que de observar lo que ocurre en nuestro entorno, estamos hablando con alguien mientras oras personas nos escriben e interrumpen, o sentimos la vibración constante del teléfono de nuestro interlocutor y eso afecta al ritmo de la conversación; en los trabajos la gente está en mil lugares a la vez, incluso en los cines ya nadie ve las películas de un tirón sin consultar el teléfono. ¡A dónde hemos llegado para no poder estar dos horas sin nuestro aparatito estrella! Se ha perdido la capacidad de disfrutar del ahora y también nuestra capacidad de concentración: todo va por periodos más cortos, con tareas simultáneas y nuestra atención dividida.

Los psicólogos ya han encontrado nombre para este fenómeno, se llama digifrenia: esquizofrenia virtual: estar con nuestra atención dividida, en muchos lugares a la vez gracias a la tecnología sin que el contexto sirva de marco, sin que haya una transición que nos preparen y den sentido a cada acción. No solo hace perder la calidad de los momentos vividos sino que genera un gran estrés al individuo.

Confundimos inmediatez con comunicación, cantidad con calidad, creemos que la pantalla es una ventana al exterior, cuando solo es un espejo: no nos abre sino que nos cierra, multiplica una imagen que ya tenemos (la nuestra) y nos ensimisma en vez de expandir nuestros horizontes para compartir. Conectarse está bien, pero recordemos que el día solo tiene 24 horas y vida solo hay una, y mejor invertir nuestro tiempo con sensatez.

Aceptemos los cambios... pero con actitud crítica

La vida no es estática y nuestra sociedad no es inmune a los avances tecnológicos con todos los cambios socioculturales que desencadenan y que a la vez nosotros cultivamos. No me gustan nada las visiones tremendistas en que demonizan estos cambios pero sí creo que es necesario ser críticos o al menos conscientes de ellos. Las nuevas tecnologías influyen muchísimo en nuestras vidas: el ocio, el acceso a la información, el modo de relacionarnos, la construcción de nuestra identidad y (aunque parezca exagerado) hasta nuestro modo de sentir. Algunos cambios se producen de forma tan rápida que, si nos hubieran dicho al poco de nacer Facebook o Whatsapp lo radicalmente distinta que iba a ser nuestra vida en apenas un año o dos, no habríamos dado crédito. Pero no por rápidos son menos profundos ni están menos asentados, y es que algunas cosas difícilmente tienen marcha atrás. Es importante reflexionar y tratar de controlar un poco estas dinámicas.

La reflexión se ha centrado en Whatsapp pero podemos hacer extensivas muchas de estas cuestiones a otros temas. Por ejemplo, los portales de ligoteo: supuestamente multiplican opciones y nos ahorran tiempo pero acarrean una serie de incongruencias y molestias que antes no había. Los perfiles de las redes sociales nos dan muchas facilidades pero simplifican nuestras vidas y nos hacen más vulnerables a los estereotipos, los malentendidos y la falta de privacidad. No digo que esté mal, solo que a veces todo va muy rápido y es necesario digerir más lentamente los cambios, quedarnos con lo bueno y procurar mejorar lo que nos pone en riesgo.


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