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Mujeres atléticas antes que delgadas, un nuevo canon igualmente duro.

          Acabo de leer una noticia (si es que semejante asunto puede ser tratado como noticia, aunque este no es foro para criticar el periodismo actual) que dice que “Los hombres ya no prefieren mujeres delgadas”. Más adelante se especifica que, según datos de un portal de citas, cada vez más hombres se interesan por mujeres atléticas y menos por el prototipo de mujer esquelética. Imagino que muchos perciben esta nueva tendencia como algo positivo. ¿Cuántas veces se ha oído que “las mujeres de verdad tienen curvas”? ¿No se alaba constantemente el canon imperante hace años según el cual una mujer debía estar más bien entrada en carnes y se buscaba la voluptuosidad? El deporte está en auge y parece que está imponiéndose poco a poco un nuevo canon de belleza, el de los cuerpos torneados y musculados. Pues no me parece tan positivo, francamente, no en el contexto en que vivimos y del modo en que nuestra sociedad gestiona estos temas.

          Resulta que no todas las mujeres tienen curvas: las hay altas, bajas, delgadas (a algunas incluso les cuesta engordar), rellenitas, con cintura más o menos pronunciada, pechos de todos los tamaños; tampoco todo el mundo puede mantenerse delgado, ni tiene facilidad para el ejercicio. Todas las constituciones pueden resultar hermosas y cualquier persona tiene derecho a sentirse a gusto con lo que ha obtenido del sorteo genético. De acuerdo, quizá ahora estamos evolucionando hacia un canon físicamente más sano que de la extrema delgadez, pero psicológicamente puede ser igualmente destructivo, por no hablar de las locuras que pueden hacer algunos con tal de lograr un cuerpo sano a toda costa, incluso de su salud. Señores, no se trata de cambiar el modelo sino de mitigar la imposición que hacemos a las personas de verdad para seguirlo. Siempre que haya una idealización de la belleza, no importa cuál sea, este resultará dañino si detrás hay una sociedad obsesiva que nos convierte en meros objetos sexuales.  Lo realmente importante no cambiará, y igualmente habrá personas insatisfechas, gente mutilándose con operaciones, trastornos de la alimentación, sometimiento de emociones profundas a valores superficiales.

          Antiguamente, cuando la comida era un lujo, se preferían cuerpos rechonchos; luego se adoraban las curvas, Hace algunas décadas empezó a idolatrarse la delgadez extrema y se ha llevado hasta límites insanos. Ahora está de moda estar atlético, pero no todo el mundo tiene tiempo para hacer tanto deporte como para reflejarlo en su cuerpo, ni todo el mundo fibra con la misma facilidad. ¿Es que ahora habrá que pasar tres horas diarias en el gimnasio, cambiar la alimentación, tomar proteínas y batidos, castigarse para conseguir o mantener este cuerpo tan difícil de lograr? ¿No es igual torturarse con ejercicio y cambiar la nutrición, sustancias para muscular y otras drogas, operaciones que pasar hambre, usar laxantes y machacarse con ejercicios de cardio para adelgazar? Pensándolo, esta nueva tendencia me parece igual o más dura que la anterior. Si se hace como se ha hecho con la delgadez, cada vez se exigirá una apariencia atlética más extrema; la gente que no pueda cumplir con estos estándares seguirá acomplejada y los que lo consigan se pueden obsesionar por mantenerlo a toda costa.
 

El mismo perro con distinto collar, nada ha cambiado, y al final seguimos empujados a buscar un ideal, una abstracción que nos esclaviza y nos desconecta de nosotros mismos. Se trata de buscar la salud física y mental, no de llevar al extremo imposiciones absurdas. Lo peor de todo es que se logran de manera tan sutil que cuesta huir de ellas. No hay nada más poderoso que aquello que no se explicita y queda asumido como lo natural por la sociedad.





Escribir correctamente, ¿un valor anticuado?


​Textos poco cuidados

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No es inusual hallar faltas de ortografía en textos publicitarios, catálogos, cartas formales, textos corporativos de empresas o manuales. Al contrario, es triste admitir que cuando un texto es correcto y bien estructurado, llama la atención. En muchos otros casos no hay errores pero el estilo es torpe y las estructuras simples, las ideas mal conducidas, poca coherencia estructural y llenos de inconsistencias en la elección del tono, el registro, etc.; la gran mayoría de textos que leo en mi vida cotidiana está mal puntuada y con una estructura de mil demonios, qué decir de los emails (profesionales y personales), participaciones en blogs o comentarios en foros de internet, artículos y textos divulgativos en la red. Si hablamos de carteles públicos, tampoco encontramos mucho rigor, y si nos fijamos en mensajería instantánea estamos ante el apocalipsis lingüístico. Incluso en textos periodísticos (orales y escritos) encontramos meteduras de pata que ponen los pelos de punta.

Todos nos equivocamos, incluso los que ponemos más atención a la lengua tenemos lapsus o cometemos en errores, tampoco hablo de perseguir y apuntar con saña los fallos ajenos, ni flagelarse ante las propias incorrecciones. Tampoco busco una postura elitista ante la lengua, creedme que no, y perdonad si en algún momento lo parece. Lo que no deja de sorprenderme es el pasotismo general cuando se trata de escribir. Gente culta, mucha de ella con carreras universitarias ( ¡algunas no tan alejadas de las humanidades!), catedráticos de universidad, personas con cargos de responsabilidad en empresas, políticos y periodistas, gente de todo tipo Podría poner muchos ejemplos que he observado recientemente: un gabinete de psicólogos que repartía un cuestionario lleno de faltas de ortografía, apuntes de un catedrático de ciencias de una prestigiosa universidad que facilitaba a sus alumnos material académico que apenas se comprende por lo mal redactado que está, hay muchos escritos de empresas multinacionales prestigiosas plagados de incorrecciones e incongruencias, etc. Peor aún, he visto maestros de primaria escribiendo textos penosos sin poner el menor cuidado en en ellos y en el ejemplo que dan a los niños. Alguna gente así lleva años enseñando a las nuevas generaciones, ¿qué se puede esperar de un contexto como este?

Casi nadie se avergüenza de escribir con faltas de ortografía y muy pocos consultan los diccionarios o las gramáticas ante las dudas. Cuando, de Pascuas a Ramos, alguien me consulta un tema en calidad de filóloga, lloro de emoción. En la mayoría de casos, estas dudas no aparecen  porque, ¿para qué preocuparse por algo que no es importante? ¿Quién se hace guiones previos para sus escritos, se preocupa de que las ideas estén bien conectadas y la puntuación sea correcta? Muy pocos.

Como decía antes, lo que me tiene perpleja no es el hecho de que haya errores, sino que la mayoría de personas no considere importante esmerarse en la expresión. Todo se aprende y se mejora, escribir bien no es algo innato sino un trabajo (tampoco demasiado duro) que se realiza a diario.

Un puñado de frikis trasnochados 



Hoy en día, los que nos preocupamos por la corrección lingüística somos, no ya una minoría, sino unos raros, se nos ha colgado el cartel de frikis. Puntillosos y maniáticos que se preocupan por cosas que no son relevantes; de acuerdo, nadie nos dice a la cara que no son importantes pero con su comportamiento se ve que les importa un pimiento. Lo noto en su actitud, pero sobre todo lo noto en el simple hecho de que la calidad de los escritos es pésima. Sin duda, pretender escribir bien es una manía con la que muchos son condescendientes, otros sencillamente la ignoran, pero en cualquier caso resulta extravagante y anticuada, poco práctica.

Escribir bien, para la mayoría de hablantes, no solo no es importante, sino que además se percibe una pérdida de tiempo. Les diría que, si se acostumbraran a escribir con un poco más de mimo, se expresarían mejor sin tener que realizar un esfuerzo extraordinario. Si uno sale a correr todos los días una hora, no e ahoga cuando tiene que apurar para subirse al autobús. Si se mantiene una casa ordenada, no es necesario que pegarse una paliza el sábado para que esté decente cuando lleguen las visitas.

No a todo el mundo le interesa lo mismo ni tiene las mismas escalas de valores, y por supuesto no espero que el mundo entero se desviva por las cuestiones lingüísticas de la forma en que a mí me apasionan, como a mí no me interesan muchos otros temas; solo desearía que se cumplieran unos mínimos que faciliten la comunicación y una inclinación a cuidar más la comunicación. Al final se trata de eso, de ponérselo fácil al lector, de ser más eficientes en nuestro propósito comunicativo. No olvidemos que, al margen de lo que nos interese u ocupe, todo debe hacerse a mediante la lengua, herramienta que construye nuestra realidad y nos permite desarrollar cualquier otra faceta del conocimiento.


Aceptar que el mundo cambia


No estoy diciendo que la gente no se preocupe por sus discursos, solo señalo que la corrección normativa no está precisamente en auge. En cambio, sí procuran introducir tecnicismos y neologismos (startup, stalker, running, feedback, nerd, geeks) y palabras rimbombantes, o términos que se ponen de moda (selfie, resiliencia, ahora suenan mucho). Emplear estas palabras sí aporta prestigio, de la misma manera que resulta interesante estar familiarizados con nuevos conceptos en redes sociales y estar informados de las últimas expresiones o juegos de palabras que están de moda. Interesa mucho más saber pronunciar correctamente palabras inglesas o apellidos extranjeros que escribir nuestro propio idioma con precisión. Es una cuestión de prestigio social que se ha implantado de forma tácita, casi inconsciente, ya que nadie afirma abiertamente estas cuestiones.

Intento analizar la cuestión sin acritud, aceptar que mis valores no están en consonancia con los que imperan en estos tiempos y tratar de no juzgarlos. Me cuesta, se me retuercen las vísceras y me sangran los ojos cuando veo ciertas agramaticalidades; aunque suene exagerado, sufro en ante algunas muestras de el pasotismo, pero también lo comprendo. El cambio de actitud respecto al lenguaje no es un hecho aislado, en los últimos años se han producido una serie de cambios en diversos ámbitos que demuestran que estamos ante una auténtica revolución: la globalización que las nuevas tecnologías traen bajo el brazo, han transformado nuestra manera de hablar, de viajar, de relacionarnos y  de percibir la realidad. Algunos cambios se han producido tan rápido pero de forma tan profunda que han arraigado en nosotros sin que podamos asimilarlos y tomar conciencia de ellos. Realmente, no es necesario comprender, la realidad se impone y punto, el mundo evoluciona y adapta sus valores culturales, proceso del que la comunicación y la escritura no quedan exentos.

En este proceso de aceptación,  intento analizar por qué ocurre este fenómeno. En mi opinión, estos son los factores más determinantes:

Democratización de la escritura. En el primer mundo, todo ciudadano tiene acceso a la escolarización. Antiguamente, leer y escribir era un privilegio vedado a la mayoría, pero ahora la alfabetización ya no es distintivo de clase. Me ha dado la sensación de que en países donde todavía hay desigualdades más acusadas en este aspecto, la gente con dinero se esmera más en dejar patente su nivel cultural. Hoy en día, en cambio, lo que sí nos distingue es el acceso y el conocimiento de la tecnología, la información y una serie de vertientes cosmopolitas, y en eso sí hay orgullo a la hora de exhibir los recursos y el bagaje de cada uno.

Prima la inmediatez sobre la calidad. Vivimos en un mundo en el que la velocidad y la simultaneidad son clave, se impone lo breve e inmediato sobre las ideas desarrolladas y meditadas, ni siquiera el rigor es tan importante como el vértigo que causa la retransmisión en directo de cualquier cosa. No solo en los medios de comunicación, también en nuestra vida privada retransmitida de forma frenética en las redes sociales. Es un ritmo histérico en el que  las noticias son titulares, la vida se mueve en la redes sociales que están en continua ebullición, la gente cita frases en lugar de leer libros. Todo rápido, caduco, en permanente transformación, lo importante es seguir la vertiginosa dinámica de nuestra sociedad, no detenerse en encontrar calidad. Evidentemente, el discurso se ve degradado en pos de la velocidad, y vemos que el rigor y veracidad quedan relegados por el impacto y la supuesta espontaneidad, el resultado es un lenguaje escueto y poco riguroso, lleno de ambigüedades y en muchas ocasiones poco efectivo.

Los modelos lingüísticos. Se consume menos literatura y manuales especializados, pero se lee más que nunca gracias a todo lo que tenemos a nuestro alcance en internet. La gente obtiene información a través de redes sociales, blogs, foros, etc. Sus modelos textuales están empobrecidos y por ello su capacidad de escritura es mucho menos rica. Ganamos en otras cuestiones, no pretendo juzgarlo, pero en riqueza comunicativa salimos perdiendo.

Mal enfoque de la lengua en los planes de estudios. Sinceramente creo que el sistema de escolarización y algunos profesores (¡afortunadamente no todos!) contribuyen a que la lengua se perciba como algo tedioso, lleno de normas y sin un sentido práctico. No comparto los enfoques prescriptivos tanto en lingüística como en docencia, y estoy segura de que si se enseñara de forma más dinámica y ajustada a los intereses reales del alumnado se conseguiría educar a ciudadanos con una competencia lingüística mucho más rica.


Apología del texto cuidado


De acuerdo,  me resigno a que hoy en día la corrección lingüística no sea algo prestigioso en nuestra sociedad. Aun así,  quiero argumentar por qué considero que sí vale la pena esmerarse un poco:

Facilitar la comunicación. El motivo por el que la Academia de la lengua quiso unificar la ortografía y la puntuación era mejorar la comunicación entre los hablantes, simplificar una tarea intrínsecamente complicada, relegar al hablante de la responsabilidad de pensar y disipar dudas. Un texto bien escrito se comprende mejor, es más efectivo en su propósito y permite ahorrar tiempo. Esta es la verdadera razón por la que una norma lingüística tiene sentido.

Respeto por quien nos lee. Esto puede resultar polémico, pero lo sostengo.  Igual que existe una cortesía social que nos enseña que hay que saludar, pedir las cosas por favor, usar el tono de voz adecuado, ir aseados, mantener unos modales en la mesa, etc., también escribir bien es una muestra de consideración hacia quien nos lee. No se nos ocurre ir a una reunión social o al trabajo con una camiseta llena de lamparones, ¿verdad? Para mí una falta de ortografía es como una mancha en la camisa: si accidentalmente ocurre no pasa nada pero mientras esté en mi mano lo evitaré. Es una convención social con un alto grado de arbitrariedad, pero, ¿acaso no lo son casi todos los patrones culturales que seguimos? No son absolutos y podemos vivir sin ellos pero en cierta medida facilitan y regulan la convivencia.

Demostrar conocimiento y rigor. Ya que tenemos la suerte de acceder a una educación,
demostremos, al menos en situaciones formales y convencionales, que conocemos la norma. Igual que nos atenemos a los protocolos sociales, y que en contextos como trabajo o entornos sociales de poca confianza la mayoría de nosotros nos esforzamos por presentarnos como personas razonables, en quien se puede confiar, que conocemos mínimamente el funcionamiento del mundo y poseemos una cultura general, ¿por qué no demostrar también que sabemos escribir? ¿No le daría vergüenza a muchos equivocarse en una operación matemática básica como dos por ocho o errar diciendo cuál es la capital de Portugal?


Escribir bien, una actitud más que una meta



Insisto en no darle un rasgo elitista al hecho de escribir bien, porque la perfección no existe, solamente es un ideal al que aspiramos. Se trata más de la intención que del resultado, una predisposición de buenas intenciones que está al alcance de cualquiera. Comprendo también que las circunstancias actuales y los valores que imperan lleven a relegar la corrección lingüística a un segundo o tercer plano, pero no puedo evitar que me pese. Me confieso una anticuada, pero le tengo cariño a mi manía y por eso he escrito este artículo a modo de reflexión y terapia.

La felicidad no tiene fórmulas ni atajos: la trampa de la autoayuda

Una vida llena de presiones e incertidumbres

Saber qué queremos puede ser difícil, especialmente para los que hemos nacido en un entorno con tantas oportunidades y posibilidades a nuestro alcance. Hijos de la abundancia, con tantos recursos y tantas opciones y demasiado a menudo paralizados ante el sobrecogimiento y a veces el miedo. ¿Miedo a qué? Se supone que con tantas opciones todo está a nuestro alcance, que si no lo logramos es porque no lo hemos intentado con suficiente determinación.

A veces resulta difícil responder a las expectativas que da miedo fallar, incluso nos olvidamos de si lo que queremos lo hemos elegido o nos lo han inculcado a base de tanta repetición; otras, nos sentimos bombardeados con tanta presión (bienintencionada, pero igualmente dañina) que nos bloqueamos y no sabemos hacia dónde caminar.


La luz al final del túnel... o no


Hay muchos vídeos motivadores en la red mostrando gente en condiciones durísimas que logran sobreponerse y finalmente lograr metas mucho más ambiciosas que gente que aparentemente no tenía dichos impedimentos. Lo último que quiero es restarle mérito a esta gente, tienen todo mi respeto y admiración. Pero creo que en su caso ha habido una selección natural: como no basta con una fuerza de voluntad media, o sobresalen mucho o se hunden, por eso muchos de ellos han llegado tan lejos.
 
Mientras vemos esos vídeos, parece admirable que, habiendo gente con este empeño y energía, condicionantes físicos y de salud serios, situaciones personales insostenibles, golpes de mala suerte, etc, y que ha podido salir adelante sea de  podido salir adelante y por momentos se nos contagia el optimismo. Comparando con sus estados de partida, resulta ridículo que haya depresiones, ansiedad, trastornos de la alimentación, fobias, etc. entre gente corriente. Parece que con un par de pensamientos sencillos, algunos modelos adecuados y poco más podamos encontrar la receta de la felicidad. Insisto en no querer restarle valor a sus testimonios, pero ni la felicidad es una receta ni está en los vídeos, conferencias o

libros de autoayuda.


Felicidad sin recetas


La felicidad es algo más complejo que cuatro directrices y un firme propósito y no cabe en una fórmula. Pero estos discursos nos hacen creer que sí. Por instantes, parece que podemos comernos el mundo, pero luego chocamos con las viejas dinámicas y la cruda realidad, y nos sentimos flojos, más frustrados que antes. Se refuerza ese sentimiento de que lo que nos ocurre es culpa nuestra ya que, si la felicidad es tan sencilla, si no lo soy es porque hago algunas cosas realmente mal. En mi opinión, esa es la trampa de estos discursos sencillotes, que solo dan generalidades, que resumen en dos frases elementos complicados, cuestiones más arraigadas a sentimientos profundos y no siempre conscientes. No digo que la felicidad no sea posible, tampoco que no debamos alabar y pensar en esta gente tan admirable. Pero para cambiar nuestras vidas faltan más cosas que dos sonrisas y cuatro propósitos semanales.


La vida es complicada y los seres humanos también. También somos capaces de crear belleza y sentimientos hermosos, pero nunca con una base fácil, y mucho menos rápida. En un mundo de la inmediatez, también queremos encargar la felicidad como quien pide comida rápida y eso no es posible. Una vida complicada exige, por fuerza, una solución complicada. Fuera tópicos, fuera recetas, y viva el autoconocimiento, el trabajo diario, las contradicciones, los altibajos, como la vida misma.

Algunos falsos anglicismos



Falsos anglicismos



Es mejor hacer running que ir a correr; las opiniones e impresiones ya no cuentan, solamente nos importa el feedback; cool es siempre mucho más interesante y lo fashion va mucho más allá de una simple moda, algo parecido con los foodies, que han desterrado de una vez por todas a los simples gourmets. En las escuelas ya no hay acoso, pero desgraciadamente el bullying va en aumento de forma espeluznante, y lo mismo en las empresas, solo que ahora que se llama mobbing parece que nos preocupa más. La lista de ejemplos es inagotable, y es que cada vez hablamos más spanglish. Lo digo sin ningún tipo de alarma ni ánimo de crítica, es un hecho contrastado, me limito a señalar un hecho evidente para cualquier hablante. Tampoco me gusta juzgar los nuevos fenómenos lingüisticos, ya que la comunicación es algo vivo que no puede encauzarse a capricho. Si fuera una planta, no se parecería en nada a un jardín cuidado y recortado, sino que sería más bien una selva que se expande sin mesura ni contención.

 ¿Quién no usa palabras o expresiones inglesas hablando español? El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.  Todos, incluso aquellos que no tienen ni papa de inglés, las usamos. Palabras sueltas, frases, incluso adaptaciones cómicas del inglés. En nuestra vida diaria, la publicidad, etc., encontramos este fenómeno constantemente y no solo en las comunidades bilingües; los puristas podrían calificarlo de plaga, los que somos más relajados sencillamente observamos el fenómeno con curiosidad. Debido al prestigio y poder que tiene la cultura angloamericana, y a través de las redes sociales, el cine, la publicidad, su presencia en las empresas, la tecnología, el hecho de que se haya convertido en una lengua franca, y muchos otros factores, es inevitable que penetren en nuestra cultura y nuestro modo de hablar. 
 

Sin embargo, es gracioso ver que algunos supuestos neologismos son invenciones del español, son los llamados falsos anglicismos. No existen en la lengua de Shakespeare o se emplean con un significado totalmente diferente. Algunos son transparentes, pero otros pueden llevarnos a confusión. No hay nada malo en usarlo, pero puede ser interesante saber cuáles son, especialmente para no meter la gamba cuando queramos hablar inglés.



Footing

Lo recoge el DRAE y, hasta hace dos días, cuando estalló la moda del running (es decir, que todo el mundo se echó a correr de golpe), era la palabra que la gente usaba en español para correr.

La lógica es aplastante:
[foot=pie] + [-ing=práctica de un deporte].

Pues no, en inglés toda la vida se ha dicho jogging, y si le hablamos a un extranjero de ‘footing’ pondrá la misma cara que si le hablamos de chirigotas.

Puenting

Esta es especialmente graciosa ya que a una palabra Española, ‘puente’, se le ha añadido una terminación –ing y a correr. Vamos, que nos lo inventamos y nos quedamos tan panching.

En inglés es bungee jumping, y como se comprobó en la tragedia

Parking

De nuevo la tendencia a que cualquier cosa puede llevar –ing detrás y ya es inglés

En inglés existe la palabra park, que significa ‘estacionar’, y parking es su gerundio. El lugar en sí se conoce como car park.

Autoestop
 
La misma deducción que en los casos anteriores, con poner un término inglés ya nos suena mejor que si lo decimos en castellano viejuno. El DRAE recoge autoestop, con e protética y todo, que se note que la pronunciación castiza es ‘estop’.

[auto=coche] + [stop=parar]

La expresión usada en inglés es hitchhike. Por cierto, si queréis que os recojan en oro país informaos de cuál es el gesto utilizado pues, aunque en la mayoría de países es habitual colocar el pulgar hacia arriba, en algunos lugares emplean otros gestos.

Lifting

Un caso más de la larga lista de ings inventados por los hispanohablantes. Si en inglés decimos lifting sin más, no van a entendernos; la expresión correcta es face-lift.

Crack

“Fulanito es un crack en las mates” y frases similares están en boca de todos. Efectivamente, la palabra crack viene del inglés pero en esa lengua solamente la usan con el significado de ‘grieta’ o para referirse a determinada droga.

Para decir que alguien es extraordinariamente bueno en algo dicen champion, star, ace o whiz, entre otras opciones.

Freaky
 
Probablemente uno de los neologismos que han llegado con más fuerza a nuestra lengua. Lo usamos para referirnos a gente un poco rara o muy obsesionados con un tema en particular. Aunque puede ser peyorativo, muchas veces se usa de forma neutra o con sentido del humor, sin que nadie se ofenda si lo llaman freaky de algo que lo apasiona, más bien al contrario. El término adecuado en inglés sería nerd o geek. 

En inglés existe freaky pero se emplea para referirse a cosas raras no solamente en el sentido de insólito sino también desagradables, además es un insulto y no debemos utilizarlo a la ligera. Otra acepción común en inglés es la de rareza sexual.

Smoking


Derivado de smoke, “humo” o “fumar”, solamente se usa en inglés para referirse al tabaco, pero nunca para el traje formal de hombre. En ese caso usan tuxedo.




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La falsa ilusión de controlar nuestras vidas

La casualidad se percibe como un parásito que tratamos de eliminar, no hay espacio para ella en nuestras vidas. Incluso los contextos en que supuestamente nos dejamos llevar, lo hacemos con unas variables muy cerradas para la improvisación. Confesémoslo, la incertidumbre nos mata, está en nuestra naturaleza: la religión, el destino, la ciencia, lo esotérico, y otros afanes por explicar y predecir demuestran nuestra incapacidad de gestionar lo que probablemente es puro azar y tratamos de darle un sentido a todo y dominarlo, sea o no de un modo racional.

Tenemos un plan, siempre es necesario tenerlo, y si no se pueden controlar todos los detalles, entonces recurrimos a un desplegable de planes b, c, y tantas letras del abecedario como sean necesarias para reducir al máximo el imprevisto. Trazamos una estrategia laboral a corto, medio y largo plazo, calculamos cuándo toca hacer locuras (siempre con mesura, sobra decirlo), cuándo asentar la cabeza, cuándo nos conviene enamorarnos, en qué momento es posible tener hijos, cómo debemos sentirnos a cada instante y qué papel se asigna a cada uno, en qué se convertirán nuestros hijos y cómo será su infancia, además de un larguísimo etcétera. Nuestros días están estructurados con una rutina, una agenda, apoyadas por herramientas tecnológicas y mil aplicaciones, consultamos incluso el tiempo que hará con la predicción meteorológica por horas, contar cada caloría y los ingredientes de lo que ingerimos, la limpieza y desinfección de todo como si fuera posible vivir en un entorno aséptico, nos hacemos todo tipo de controles médicos, test de orientación laboral y de estudios. Todo orientado a eliminar los riesgos, la incertidumbre y ser amos y señores de nuestras vidas.

No puedo evitar preguntarme de dónde nos viene esta tendencia. La gente que presume de ser organizada también suele hacerlo de desempeñar mejor cualquier cosa, de tener una seguridad. creemos que quienes se mantienen al margen de tal programación no llegarán nunca a nada. Puede que logren otras cosas, o puede que nos aterre admitir que tanto esfuerzo puede ser en gran medida en balde. Nos obsesiona que el azar arruine nuestras previsiones y perder el tiempo, sentirnos perdidos o no sacar el máximo de cada oportunidad. Pero me pregunto: ¿qué es el máximo. ¿Acaso esa tensión, que supuestamente nos aporta en unos terrenos, no nos hace perder en otros? Intuyo que toda esa falsa seguridad destruye opciones que tal vez serían maravillosas, nos enseñarían y nos harían más fuertes en caso de no ir sobre ruedas y nos liberarían de muchos quebraderos de cabeza. Lo paradójico es que aspiramos a tener control sobre las cosas para estar tranquilos, para disfrutar de garantías, pero es justo lo contrario: esa búsqueda de lo perfecto nos genera ansiedad en sí misma, nos vuelve inseguros y débiles, ya que cuando no lo logramos a veces nos derrumbamos, y nos impide aceptar que el universo es caos.

No está mal diseñar estrategias, prever, minimizar riesgos y prejuicios, pero no podemos hundirnos ante los imprevistos o la falta de control, incluso deberíamos aprender a disfrutar de la libertad que nos aporta poder improvisar. Hemos entendido mal la ecuación: que en ocasiones el azar conlleve riesgos y peligro no convierte la casualidad en algo peligroso, a veces lo mejor ocurre porque sí. Bienvenidas las sorpresas, el azar, hay que estar preparados para que las cosas no dependan de nosotros. Y no me refiero a aceptar que hay una explicación a la cual no llegamos, tomar la fe por presupuesto, sino darnos cuenta de que hay cosas externas que ocurrirán sin más. ¡Renunciemos a esa ilusión! Nosotros somos solamente un elemento más de una ecuación enorme llena de factores desconocidos e incontrolables. Aunque nos resulte inconcebible, es posible construir la vida alrededor de la coincidencia y aceptarla como tal. Tengamos un plan, pero que no nos ciegue: que sea este un esbozo en continuo enriquecimiento y olvidemos la inflexibilidad que tanto daño puede hacernos y tanto nos limita.

Abracemos la libertad, estemos receptivos, relajémonos, en definitiva; liberémonos de la pesada carga de ser los falsos dueños de todo lo que ocurre. Replanteémonos también si aquello que que aceptamos dominar lo hemos elegido nosotros o si ha sido impuesto y en realidad nosotros solo somos meros ejecutores; plantémonos por qué no lo hemos cuestionado antes y, sobre todo, quién gana con ello. 




Llamar por teléfono en tiempos de Whatsapp



El Whatsapp ha desterrado las llamadas de voz


Hace muy poquito, dos amigas muy cercanas han pasado por momentos de inflexión en su vida, experiencias de aquellas que marcan profundamente: una ha tenido la desgracia de perder a su madre, aún muy joven; la otra, en cambio, está de enhorabuena porque ha dado a luz a un niño muy deseado. Como son amigas de la infancia que han pasado tiempo con mi familia, comenté con mis padres ambos sucesos un día en la mesa. Mi padre me pregunto con toda naturalidad en ambos casos "¿cómo está?", y yo "parece q bien", él, extrañado, insistió: "bueno, pero, ¿cómo la notas al hablar por teléfono?". Me quedé pensativa al darme cuenta de que ni con una ni con otra había conversado de viva voz, y eso que ya habían transcurrido unos días. Nos hemos escrito a diario, respondí. La cara de mi padre era de total desconcierto, y ahí murió la conversación. Quizá porque soy de una generación a medio caballo entre la era analógica y la del Smartphone, yo también me siento extraña si lo pienso. Nos hemos escrito, mandado emoticonos, millones de besos y corazoncitos, mensajes de interés, apoyo y frases de eterna amistad, bromas... Pero no nos hemos llamado. 

Os invito a que reflexionéis cómo ha cambiado en los últimos tiempos el modo en que llamáis: si lo hacéis menos frecuentemente, si os dudáis más que antes a la hora de hablar con alguien. ¿En ocasiones os sentís extrañados si os llaman cuando en el pasado lo hubierais tomado con naturalidad?

Las llamadas de voz se han vuelto algo invasivo, intimidante, solamente en círculos de mucha confianza se hace pero siempre con mucha moderación. Ya nadie se llama después de una cita romántica porque parece que uno está desesperado, si alguien lo está pasando mal es mejor chatear, no sea que pudiéramos molestar o hacerles sentir incómodo. Sin embargo podemos escribir a cualquier hora y sin ningún criterio chistes, vídeos tontos y plantear cualquier cuestión trascendente por escrito sin esperar a ver la cara de quien lo recibe, sin pensar qué estarán haciendo nuestros receptores o si nuestro mensaje se entenderá correctamente. Escribir es muy cómodo y tiene muchas ventajas, pero quizá debamos replantearnos qué valor damos a cada cosa. Llamar se ha vuelto algo muy intrusivo y eso resta calidez en algunos momentos; en cambio, los grupos, los mensajes que implícitamente esperan respuesta constante y que, por desgracia ocurren tantas veces en un día, pueden interrumpirnos y quitar calidad a los momentos presenciales. ¡Cielos, esto es el mundo al revés!



Los chats: ¿somos beneficiarios o esclavos de su inmediatez?


Viajamos en metro y gente charlando, pasajeros escuchando música, una minoría leyendo, entre los afortunados por pillar asiento, hay quien se echa alguna que otra cabezadita; otros, simplemente aletargados, muestran una actitud casi de ascensor: intentan ignorar al resto sin dar muestras externas de ninguna actividad. Pero además hay una nueva ocupación muy extendida: las conversaciones por mensajería instantánea con el smartphone. El transporte público es donde más se nota, pero poco a poco hemos visto cómo se intercala el uso de chats en cualquier situación: mientras estamos en la cola del supermercado, esperando cola para cualquier lugar a que llegue alguien, caminando por la calle, en los semáforos tanto peatones como conductores arañan unos segundos para chatear, pero no solo en ratos muertos sino también  en reuniones de trabajo la gente escucha mientras, de vez en cuando, echa rápidas ojeadas a su teléfono o escribe sin demasiado disimulo un breve mensaje; lo mismo en encuentros de amigos, en los que, ya sin disculparse, la gente escribe mensajes a terceras personas mientras habla con los presentes.

Rellenamos los ratos muertos con esta nueva distracción pero al final se ha generado una necesidad de comunicación perpetua. ¿Es que antes no nos comunicábamos? ¿Por qué tengo la sensación de que tengo tantas cosas que decir, tanta gente a la que contestar? A veces disfruto de los chats, me resultan prácticos, pero con demasiada frecuencia me siento bombardeada, interrumpida, con la presión de tener que contestar al momento  si no quiero ofender a la otra persona.  Ha dejado de ser una opción a ser una obligación, algo que si incumples dejas de enterarte de cosas importantes, ofendes a alguien o creas malentendidos. Los días en que voluntariamente o por un descuido me dejo el móvil en casa siento un alivio y una paz que demuestran que algo está mal en las nuevas dinámicas. Por el contrario, cuando tengo de nuevo acceso a la red, veo que se me acumulan las respuestas, gente a la que escribir y me siento como la estudiante que no lleva al día sus tareas. Se supone que la necesidad de comunicarse debería estar sobradamente cubierta pero nunca antes había sentido tanta presión por mantener a la gente informada.

Tengo la sensación de que nos escribimos más pero nos comunicamos peor. En adolescentes es más acusado, aunque también he observado este fenómeno en treintañeros: ves que están en grupo pero todos pendientes del móvil, quizá escribiéndose entre ellos en un grupo en el que alguien está ausente y lo ponen al día. Los malentendidos se han multiplicado, ya frecuentes en la comunicación tradicional, pero la ambigüedad del texto escrito hace que se multipliquen los equívocos, las discusiones de pareja y amigos. Los tonos de voz nunca podrán suplirse con emoticonos y, por más que algunos digan una imagen valga más que mil palabras, todas las fotos del mundo e un chat no suplen la capacidad de diálogo y ajuste que da una conversación. Me resulta muy gracioso ver que la gente consulta con muchísima frecuencia a terceros qué opinan que puede haber querido decir una persona con tal o cual mensaje o por haber tardado equis en responder. No solo es incongruente el tiempo que invierten en darle vueltas al asunto y pensar que habría querido decir en vez de preguntarlo directamente a la persona involucrada sino que además se atenta contra la intimidad de esta al hacer un debate público sobre el tema.

Pero eso no es todo, creo que la comunicación ha perdido calidad pero también se la ha restado a todo lo demás: caminamos como zombis por la calle más pendientes del Whatsapp o del GPS que de observar lo que ocurre en nuestro entorno, estamos hablando con alguien mientras oras personas nos escriben e interrumpen, o sentimos la vibración constante del teléfono de nuestro interlocutor y eso afecta al ritmo de la conversación; en los trabajos la gente está en mil lugares a la vez, incluso en los cines ya nadie ve las películas de un tirón sin consultar el teléfono. ¡A dónde hemos llegado para no poder estar dos horas sin nuestro aparatito estrella! Se ha perdido la capacidad de disfrutar del ahora y también nuestra capacidad de concentración: todo va por periodos más cortos, con tareas simultáneas y nuestra atención dividida.

Los psicólogos ya han encontrado nombre para este fenómeno, se llama digifrenia: esquizofrenia virtual: estar con nuestra atención dividida, en muchos lugares a la vez gracias a la tecnología sin que el contexto sirva de marco, sin que haya una transición que nos preparen y den sentido a cada acción. No solo hace perder la calidad de los momentos vividos sino que genera un gran estrés al individuo.

Confundimos inmediatez con comunicación, cantidad con calidad, creemos que la pantalla es una ventana al exterior, cuando solo es un espejo: no nos abre sino que nos cierra, multiplica una imagen que ya tenemos (la nuestra) y nos ensimisma en vez de expandir nuestros horizontes para compartir. Conectarse está bien, pero recordemos que el día solo tiene 24 horas y vida solo hay una, y mejor invertir nuestro tiempo con sensatez.

Aceptemos los cambios... pero con actitud crítica

La vida no es estática y nuestra sociedad no es inmune a los avances tecnológicos con todos los cambios socioculturales que desencadenan y que a la vez nosotros cultivamos. No me gustan nada las visiones tremendistas en que demonizan estos cambios pero sí creo que es necesario ser críticos o al menos conscientes de ellos. Las nuevas tecnologías influyen muchísimo en nuestras vidas: el ocio, el acceso a la información, el modo de relacionarnos, la construcción de nuestra identidad y (aunque parezca exagerado) hasta nuestro modo de sentir. Algunos cambios se producen de forma tan rápida que, si nos hubieran dicho al poco de nacer Facebook o Whatsapp lo radicalmente distinta que iba a ser nuestra vida en apenas un año o dos, no habríamos dado crédito. Pero no por rápidos son menos profundos ni están menos asentados, y es que algunas cosas difícilmente tienen marcha atrás. Es importante reflexionar y tratar de controlar un poco estas dinámicas.

La reflexión se ha centrado en Whatsapp pero podemos hacer extensivas muchas de estas cuestiones a otros temas. Por ejemplo, los portales de ligoteo: supuestamente multiplican opciones y nos ahorran tiempo pero acarrean una serie de incongruencias y molestias que antes no había. Los perfiles de las redes sociales nos dan muchas facilidades pero simplifican nuestras vidas y nos hacen más vulnerables a los estereotipos, los malentendidos y la falta de privacidad. No digo que esté mal, solo que a veces todo va muy rápido y es necesario digerir más lentamente los cambios, quedarnos con lo bueno y procurar mejorar lo que nos pone en riesgo.


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